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Ahora me voy...

Hola, amigos. Hoy quiero compartir algo que me está costando muchísimo aceptar. Después de diez años, terminé mi relación con el hombre que alguna vez creí que sería mi compañero de vida, con quien imaginé envejecer, construir un futuro y compartir lo que nos quedaba por vivir.

Hace aproximadamente un año mi vida comenzó a cambiar. Me sometí a un bypass gástrico y posteriormente a una abdominoplastia. Fue una transformación enorme, no solamente física, sino también emocional. Comencé a recuperar mi autoestima, a sentirme bonita y a reencontrarme conmigo misma. Pero, lamentablemente, mi pareja también cambió. Se volvió celópata, desconfiado e inseguro. Algo que para mí era motivo de felicidad terminó convirtiéndose en un problema dentro de nuestra relación.

Aunque sería injusto decir que todo terminó por eso. Veníamos acumulando heridas desde hacía mucho tiempo. Fueron años sintiéndome poco valorada, soportando faltas de respeto, situaciones con otras mujeres, falta de apoyo en momentos difíciles y actitudes que poco a poco fueron apagando lo que sentía.

Muchas veces pedí respeto, comprensión y consideración. Necesité que estuviera conmigo cuando más lo necesitaba, que me defendiera cuando otras personas me humillaban y que entendiera que amar también significa cuidar emocionalmente al otro. Pero terminé sintiéndome sola incluso estando acompañada.

Lo más triste es que durante mucho tiempo creí que él era mi lugar seguro. Le confié mis miedos, mis inseguridades y mis heridas, sin imaginar que algunas de esas cosas terminarían utilizándose en mi contra.

Hoy estoy intentando asimilar que diez años de mi vida terminaron. Y hay algo que me cuesta muchísimo: trato de no pensar en que terminamos, porque cuando lo hago siento como si esa persona hubiese muerto. No porque haya dejado de existir, sino porque para mí es como si hubiera desaparecido de mi vida para siempre.

No tenemos hijos en común, no hay nada que nos obligue a mantener contacto, ningún motivo para volver a encontrarnos ni para saber el uno del otro. Y eso me destroza. Pensar que alguien que fue mi compañero durante diez años, que conoció mis alegrías, mis tristezas, mis costumbres y mis sueños, algún día será simplemente un desconocido. Que quizás nunca vuelva a saber cómo está, qué está haciendo o si alguna vez se acuerda de mí.

Es extraño pensar que hasta hace poco compartíamos nuestra vida y que ahora tendremos que aprender a vivir como si nunca hubiéramos formado parte de la historia del otro.

No hay otra persona. No me voy porque haya encontrado a alguien más. Me voy porque me cansé de intentar sostener una relación en la que poco a poco fui perdiéndome a mí misma.

Y aunque sé que tomar esta decisión era necesario, eso no hace que duela menos. Porque una cosa es saber que debes irte y otra muy distinta es aceptar que tienes que despedirte de la persona con la que imaginaste tu futuro.

No sé cuánto tiempo me tomará acostumbrarme a su ausencia, ni cuánto tardaré en dejar de buscarlo inconscientemente en los pequeños detalles de mi día.

Solo sé que hoy me toca aprender a vivir sin alguien que durante diez años fue parte de mi vida.

Y quizás eso sea lo más doloroso de terminar una relación larga: no solamente pierdes a una pareja, también pierdes las rutinas, los planes, las conversaciones, las costumbres y esa versión de futuro que construiste en tu cabeza.

Ojalá algún día pueda recordar estos diez años sin que me duela el pecho.

Por ahora, me toca aceptar que algunas personas llegan para acompañarnos durante una parte de nuestra vida, aunque nosotros hayamos imaginado que se quedarían para siempre.



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