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El piropo indirecto...

A ver, se los cuento acá porque si se lo digo a mis compañeras de oficina me van a agarrar para el fideo todo el año.

Les pongo en contexto: trabajo en ventas corporativas hace más de quince años. Si algo me sobra es personalidad, desplante y labia. Tengo 46 años, dos hijos universitarios, y no es por quebrarme, pero me mantengo estupenda: gimnasio sagrado cuatro veces por semana, me preocupo de vestirme bien y siempre ando con la energía arriba. Mamá moderna, digamos.

La cosa es que mi hijo mayor jugaba un campeonato interregional de vóleibol en Antofagasta. Saqué pasajes apenas pude para ir a hacerle barra el fin de semana. Llegué al aeropuerto de Cerro Moreno un viernes en la tarde, con mis lentes de sol, jeans que me quedan impecables, chaqueta de cuero entallada y mi maletita de mano. Modo ejecutiva relajada pero regia.

Me subo a un taxi y le digo al chofer:

Hola, buenas tardes. Lléveme al Hotel [Nombre], por favor. (Para no quemar a nadie, digamos que era una conocida cadena que tiene dos hoteles con nombres casi idénticos en la ciudad)...

El chofer, un señor muy simpático, me mira por el espejo retrovisor, me sonríe y me suelta:

Ahhh... usted viene al evento, verdad?

Yo, pensando en el campeonato de mi hijo, le respondo...

Sí, obvio! Cómo supo? No me lo perdía por nada del mundo, vengo preparadísima y con toda la energía.

El caballero me miró de nuevo y me dijo:

Se le nota, se le nota. Es que llega gente de todos lados para esto...

Seguimos conversando del calor, de la minería, de la ciudad, y yo jurando que hablaba con un taxista fanático del deporte juvenil... Llegamos al hotel, frena en la entrada y me dice:... Llegamos al evento, que le vaya increíble.

Me bajo, voy a sacar la maleta y cuando miro hacia el lobby... se me cayó la mandíbula al suelo.

La entrada parecía la alfombra roja de una película de trasnoche en Las Vegas. Había chicas con vestidos micro pequeños... plataformas de veinte centímetros, escotes astronómicos, maquillajes de infarto y unos transformistas monumentales de casi dos metros con pelucas platinadas y boas de plumas que se veían espectaculares pero imponentes.

En Antofagasta, ciudad minera por excelencia, se estaba celebrando una convención privada de la industria nocturna: creadoras de contenido exclusivo para adultos, modelos VIP y estrellas del espectáculo nocturno.

Me quedé congelada en la vereda con mi maleta, mirando a dos transformistas divinas que fumaban afuera y me miraron de arriba a abajo como diciendo: Buena facha, colega, pero te falta brillo... jajajaja

El taxista, que todavía no iba porque me estaba pasando la maleta, vio mi cara de espanto absoluto. Se fijó en la pantalla de mi celular donde tenía la reserva y leyó en voz alta:

Señora... era el Hotel A... o Hotel B ...?

Lo miré con los ojos desorbitados, y le dije mi hijo viene a jugar voleibol universitario! Qué es esto?!

El pobre hombre se puso de todos los colores posibles. Se empezó a reír nervioso, me subió la maleta de vuelta al auto a la velocidad de la luz y me abrió la puerta:

Súbase, súbase rápido! Perdóneme, por favor! Es que la vi bajarse del avión tan regia, tan bien vestida, con ese físico y con tanta seguridad, y como me dijo que venía con todo el ánimo... juré que usted era una de las invitadas estrella de la expo... No supe si ofenderme o darle propina doble.

El viaje al hotel correcto (que estaba a diez minutos) fue una mezcla entre ataques de risa míos y disculpas reiteradas de él, asegurándome que no era por faltarme el respeto, sino porque a mis cuarenta y tantos 'pasaba coladísima entre las modelos'.

Llegué finalmente al hotel que me correspondía, lleno de pelotas de voleibol, profes con silbato y cabros comiendo fideos. Nadie en el campeonato entendió por qué anduve todo el fin de semana con el ego por las nubes y sonriendo sola cada vez que alguien decía la palabra 'evento'...



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