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Ironias de la vida.

Mi mamá murió cuando éramos chicos y nuestro papá nunca se hizo cargo de nosotros. No tuvimos su cariño ni apoyo económico, solo visitas de vez en cuando. Crecimos en casa de un familiar, entre malos tratos y violencia, aprendiendo desde niños a rascarnos con nuestras propias uñas.

Con mucho esfuerzo logramos estudiar, tener nuestras profesiones y nuestras casas. Y pese a todo, nunca dejamos de lado a nuestro papá. Le celebrábamos los cumpleaños, pagábamos sus deudas, le comprábamos cosas y cuando necesitaba plata, ahí estábamos.

Este año le diagnosticaron cáncer cerebral avanzado. Hoy está postrado, no habla y necesita cuidados 24/7. Como no tenemos redes de apoyo y necesitamos trabajar para mantener nuestros hogares, propusimos una residencia, pero sus hermanos no quisieron y decidieron cuidarlo ellos.

Nuestro papá justo se había jubilado y, entre su AFP, PGU, otros beneficios y un aporte nuestro, tenía cerca de $900 mil mensuales para sus gastos. Además, recibe atención médica en casa por el sistema público. Estábamos tranquilos y agradecidos de que su familia lo cuidara. Él siempre fue cercano a sus hermanos, nosotros no tanto, porque desde niños nunca nos integraron ni nos buscaron.

Pero hace poco nos llevamos una sorpresa horrible.

Nos enteramos de que sus hermanos habían tramitado el retiro de sus fondos de la AFP por enfermedad terminal, usando un poder que nos genera muchas dudas, porque nuestro papá llevaba meses con un deterioro neurológico importante, incluso respaldado por informes médicos. Varios millones terminaron en la cuenta personal de uno de ellos.

Cuando los enfrentamos, nos dijeron que pretendían quedarse con esa plata por haberlo cuidado. Aseguraron que nuestro papá estaba perfectamente bien cuando firmó y, más encima, nos cuestionaron como hijos e intentaron que renunciáramos a cualquier derecho sobre esos fondos.

Les exigimos que la plata quedara en una cuenta a nombre de nuestro papá y que, si no cumplían, tomaríamos otras medidas. Se molestaron y trataron de hacernos sentir culpables, diciendo que solo veíamos a nuestro papá como plata.

Y eso fue lo que más dolió. Porque pese a todo lo que vivimos con él, nunca lo dejamos solo. Simplemente hoy no podemos asumir sus cuidados permanentes porque también necesitamos trabajar para vivir.

Tengo una mezcla de pena, rabia e impotencia. Una parte de mí quiere vengarse, hacerles sentir algo del daño que nos están causando. Nuestro papá nunca tuvo grandes cosas, ni siquiera una casa propia, y jamás vimos su enfermedad como una oportunidad de recibir una herencia. Siempre pensamos que cualquier dinero extra sería para sus cuidados.

Lo que duele no es la plata. Es sentir que tenemos que desconfiar de quienes creíamos que lo estaban cuidando por cariño.

Y qué irónica es la vida… Perdimos a nuestra mamá siendo niños, crecimos sin la protección de nuestro papá y ahora, cuando estamos a punto de quedar sin ninguno de los dos, nos toca defender a quien nunca supo defendernos.

Después de una infancia tan difícil, lo único que queríamos era que esta historia terminara en paz. Pero parece que hasta para despedirnos de nuestro papá nos tocó sufrir.



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