El desmayo
Llegamos temprano con mis hijos a su entrenamiento. Un parque de mi ciudad donde acostumbran a ir casi todos los días. Mientras esperaba que abrieran la puerta comencé a buscar mi inhalador en la cartera, ya que estaba segura que venía ahí, pero no lo encontré. Mi hijo tiene uno en su mochila porque heredó el mismo problema mío, asma. Me pasó el de él y me inhalé ya que sentía el pecho un poco oprimido, y en cosa de segundos me sentí bien otra vez. Entramos, me estacioné, ellos bajaron y se dispusieron a entrenar junto a sus otros compañeros. Mi hijo mayor me pidió que lo grabara, entonces baje del auto y me fui a un lugar que creí podía ser estratégico para que la grabación fuera buena, pero cuando estaba ahí no me gustó como se veía y en último momento decidí cambiar de lugar. Para eso avancé rápidamente hacia otro sector del parque y en un momento llegué a correr unos metros porque ya a mi hijo le iba a tocar salir y no me podía perder la partida. Cuando empecé a grabar ya sentía un poco agitada mi respiración y pronto sentí en mi pecho esa opresión característica que sienten los asmáticos. Creí poder controlar la respiración y que de a poco podía volver a respirar en forma normal, pero fue todo lo contrario, cada vez entraba menos aire a mis pulmones, y en cosa de segundos se me dificultó mucho más, entonces mi mente me dijo: tienes que dejar de grabar e irte a la camioneta (porque ahí estaba el inhalador de mi hijo). Así que emprendí el retorno, con mucha dificultad la verdad, cada inspiración se sentía como si estuviera tratando de inflar una botella. Mis pulmones dolían, mi caja torácica no se expandía y el sonido que hacía en cada intento de respirar era terrible. Yo estaba lejos del vehículo, como mínimo trescientos metros por un camino donde habían ramas y árboles que cayeron durante los últimos temporales. No había nadie cerca de mí ya que el parque está cerrado al público y sólo tienen permiso de entrar los que entrenan.
Ni siquiera iba a la mitad de camino cuando sentí en todo mi cuerpo un cosquilleo extraño, y las piernas se me volvieron lana, también sentí como si me fuera a hacer del dos sin siquiera haber sentido deseos de hacer antes de ese momento. Por un segundo creí que iba a desmayarme, pero inmediatamente pensé en mis hijos. Estaban tranquilamente entrenando, concentrados en lo suyo, y al terminar me habrían buscado para que nos fuéramos... cómo me iban a encontrar si yo me desmayaba? A esa altura seguramente ya habría estado sin vida. Mi angustia se hizo mayor con ese pensamiento y en mi creencia le hablé a Dios en mi mente y le dije Dios mío no puedo morirme así, cómo quedarían mis hijos? Deme fuerzas para llegar. Y seguí caminando, por el camino más largo que he recorrido jamás, por segundos pensando ya no doy más, pero sin parar en ningún momento. Me sentí como ir en piloto automático, porque mi cuerpo avanzaba y avanzaba mientras mi mente solo pensaba en que debía aguantar, y debía seguir intentando respirar aunque doliera y no se sintiera ni un poco de alivio. Cuando ya estaba cerca le hice señas a mi hijo y uno de ellos corrió a buscar el inhalador a la camioneta y luego corrió hasta mí. Me demoré unos veinte o treinta minutos en sentirme totalmente bien y con medio inhalador menos. Mis hijos se asustaron mucho y lloramos todos en la once mientras le contaba a mi esposo lo ocurrido. Fue un día difícil, quedé cansada, adolorida y con la energía al mínimo, pero estoy tan agradecida del milagro que Dios hizo conmigo, no porque tenga miedo a morir, porque con esta situación me di cuenta que no es así, si no porque uno como madre en lo primero que piensa es en sus hijos, en no dejarlos solos cuando aún son chicos.
Tengo el privilegio de seguir abrazándolos y cuidando de ellos y eso me hace muy feliz.
