Perdido en la mente
Naciste en marzo del 62, siendo el segundo de siete hermanos, criado por un padre que, según tus historias, trabajaba seis meses al año y los otros seis se los tomaba. Por otro lado, tuviste a tu mamá hasta sus 82 años, quien, si bien fue una mujer estricta, siempre estuvo presente en tu vida, cocinando los mejores porotos con mazamorra de la historia.
Perdiste al amor de tu vida a los 41 años, un día de noviembre de 2002, dejando a tu hijo y a tu hija en la casa de la abuela materna, al cuidado de tu cuñada, porque así los niños no estarían solos.
Trabajaste de carpintero, nochero, rondín, guardia o como se llame. Siempre de manera esporádica, con poca continuidad y muchas veces a trato.
Dejabas los trabajos tirados porque los jefes te daban instrucciones, pero, como ellos no sabían más que tú, no aguantabas que te mandaran.
A tus hijos los veías los fines de semana. Primero en la casa de tu suegra, pero, como te pidieron plata para mantenerlos, preferiste que se juntaran a comer en el patio de comidas. Total, tus hijos eran bien parados y les iba bien en el colegio. Por eso no ibas a aguantar que te exigieran que pusieras para la mercadería o algo más, aunque eso significara que ni calcetines hubiera para ellos. Pero no importaba porque, según tu visión, a ellos siempre les diste todo.
La casa de tu suegra no era el paraíso. La violencia era el pan de cada día y con eso se alimentaron durante diez años tus hijos. Además, el machismo se entendía como parte de la convivencia, por lo que tu hijo jamás se sirvió un té, porque las mujeres se lo servían.
Pasada una década, a tu hija la golpearon hasta más no poder y te pidió ayuda. La llevaste a vivir contigo.
Durante cinco años te dedicaste a ser un padre parecido al tuyo, con una diferencia: a tu hija la viste como una enemiga. Ella se enojaba porque la casa no era una cantina, porque tenía que dormir encerrada en su pieza mientras en el living la tomatera era imparable y estaba llena de hombres. Pero ella era el problema.
Así que la echaste una y otra vez, mientras ella terminaba una carrera de noche y durante el día trabajaba recorriendo una ruta para pagar la luz, el agua y el gas, cuentas que, durante el tiempo que vivieron juntos, nunca tuviste que pagar.
A los cinco años quedaste solo porque nuevamente echaste a tu hija. Esta vez ya no fueron solo palabras. Hubo incluso amenazas de golpes y todo lo que tuviste a mano se lo tiraste.
Aun así, tu hija te invitaba a su casa, te compraba regalos, celebraba tus cumpleaños. Nunca le dijiste gracias ni un 'te quiero'.
Siempre faltaba algo: la comida estaba desabrida, el regalo no era como querías o, simplemente, no te gustaba.
En enero de 2026 tuviste una primera descompensación. Se te iba el habla, no sabías dónde estabas y tu hija llegó a verte. No querías ir a urgencias y, cuando finalmente fuiste, te enojaste porque se demoraban demasiado e hiciste un show.
Después de eso empeoraste. Se te paralizó la cara, arrastrabas los pies y te desorientabas. Entonces aparecieron tus hermanos, exigiendo que tus hijos te cuidaran.
Pero ninguno de los dos quiso hacerse cargo. No por odio ni por rencor. Simplemente porque los vínculos que deberían haber existido murieron en el año 2002, junto a tu amada esposa y su mamá.
Durante cinco años tu hija intentó reconstruirlos, pero fue imposible. Hay cosas que simplemente no pueden arreglarse.
Desde ese momento comenzaste a desaparecer, incluso dentro de tu propia mente. Te operaron y ahora ya no hay nada más que hacer. Ya no reconoces a tus hermanos y mucho menos a tus hijos.
Hoy, 18 de septiembre, no sabes ni quién eres y tampoco sabes quién nunca pudiste ser.
Probablemente mueras en pocas semanas, o quizás en no mucho más de dos meses. Ignoras todo lo que ha pasado a tu alrededor: el esfuerzo de tus hermanos y el dolor de tus hijos, que vivieron un abandono disfrazado de cuidado; que tuvieron que aprender a valérselas por sí mismos y, muchas veces, también por ti.
La vida es rara, porque no mide las cosas que hace. Simplemente las hace pasar, sin pensar en lo que queda atrás.
Hoy queda la angustia constante de recibir la noticia de tu partida, que podría llegar incluso ahora mismo o dentro de un mes.
Queda una historia sin cierre, sin una última conversación y sin la posibilidad de saber cuándo ocurrió realmente tu desaparición.
Porque hoy, después de todo lo que te pasó, ya no puedo saber cuándo fue la última vez que hablé con mi papá.
