Las aventuras del día a día
Y ahí estaba yo, esperando el vagon de metro más desocupado posible para pillar el último asiento desocupado... aguaité uno a medio pasillo y cual velociraptor jugando a las sillitas musicales un cul0 internacional enorme me saco de competencia, bueno, quizá mañana tenga mejor suerte pensé, igual que ayer.
Total que el viaje se hace más ameno mirando a esa guitarra negra que a veces coincide conmigo en el mismo vagón y todo en talla XL, pero como ya me había levantado con la pata izquierda, esos rizos oscuros como la noche ya encontraron quien se pierda en ellos.
Me pasó por SW y no haber hecho la jugada cuando me sonrió en el reflejo de la ventana hacia un tiempo atrás, quise ser prudente, no quería que oliera mi ansiedad, que esa sonrisa blanca fuera efímera.
Soñaba con despierto como un chiquillo y se me fue, se me escapó los dedos como un ganso fatigado.
Pa premio de consuelo me fui pensando en el desayuno que me iba a servir antes de laburar, después de todo llegar temprano obligado por los horarios de locomocion del perraje tiene sus ventajas y ese tiempo junto a mi café y el sanguche lánguido de la casera me da la fortaleza mental que necesito pa aguantarme 8 horas de esclavitud voluntaria.
Por eso cuando el jefe me puso cara de penca por olvidar una guía ni me arrugué, cuando vi el pale lleno de la reposición de hoy ni una mueca paso por mi cara, cuando vi mi liquidación escuálida sin haber cumplido la meta, solo la guardé, qué más podía ser peor que empezar mi día sin mi desayuno por haber perdido el choro negro... Ahhh y los treinta y cinco mil pesos que había dentro.
