La familia que me tocó...
Tengo 34 años, soy mujer y últimamente me he estado preguntando si existen más familias como la mía o si simplemente me saqué el premio mayor en la lotería del caos familiar. La verdad es que esto me tiene pensando hasta en el trabajo.
Mis papás son completamente opuestos. Pero cuando digo completamente, es porque no podrían ser más distintos aunque lo hubieran intentado.
Mi papá viene de una familia de comerciantes. De esos que son capaces de venderte un paraguas en el desierto. Gente buena para la talla, las fiestas, los asados y con ese espíritu medio bohemio que siempre los ha caracterizado. Mi papá trabajo toda su vida y juntó plata para tener una vejez tranquila.
Mi mamá, en cambio, viene de una familia ultra conservadora. Son puras mujeres, pechoñas, críticas y especialistas en pelarse entre hermanas. Es increíble cómo pueden juntarse cinco minutos y terminar alegando y peleando por algo.
Se conocieron cerca de los 30 años, pololearon, se casaron y nacimos mi hermana mayor y yo.
Cuando se casaron, mi papá prácticamente dejó de lado a su familia. Nunca más fue de fiestas ni reuniones, salvo algunas Navidades y Años Nuevos cuando nosotras éramos chicas. Ahí nos tocaba quedarnos sentadas mirando cómo todos bailaban y lo pasaban bien porque mi mamá decía que eso era “de gente rasca y ordinaria”. Así que mientras todos hacían trencito, nosotras hacíamos turismo visual.
Hoy ambos tienen cerca de 70 años y la vida se puso bastante complicada.
Mi hermana mayor brilla por su ausencia, así que toda la responsabilidad terminó cayendo sobre mí. Y créanme que no es fácil.
Mis papás ya casi no se soportan. Mi mamá es una persona que, con todo el cariño del mundo, agota a cualquiera. Todos los días hay un problema nuevo. Todos.
Siempre hay algo que le molesta, alguien que hizo algo mal o alguna tragedia que, según ella, amerita alarma nacional.
Hace unos días se resfrió. Un resfrío común y corriente. Bueno... para ella era prácticamente una despedida. Llamó a medio mundo diciendo que se iba a morir, armó un escándalo enorme y hasta se negó a sentarse a comer con nosotros porque, según ella, no quería contagiarnos antes de fallecer. Era un resfrío. Nada más. Pero el Oscar a Mejor Actriz Dramática se lo llevaba sin competencia.
Y por el otro lado está mi papá. Él no reclama por nada, pero tiene diabetes y hace exactamente todo lo que no debería hacer. Vive con el azúcar por las nubes porque come galletas, chocolates y cualquier cosa dulce que encuentre. Es como cuidar a un adolescente de 70 años que está convencido de que los médicos exageran.
Entonces aquí estoy yo, intentando cuidar a dos personas que no cooperan mucho. Una convierte cualquier cosa en una tragedia griega y el otro cree que la diabetes se maneja con optimismo.
Y para rematar, cada vez que aparece la familia de mi mamá siento que me descargan la batería emocional. Llegan, alegan, se critican entre ellas, discuten por cualquier tontera y después se van dejando el ambiente más pesado que antes.
Los quiero mucho a los dos y por eso sigo aquí haciéndome cargo, pero hay días en que termino agotada. De verdad me pregunto si esto es normal, si hay más familias donde los hijos terminan siendo árbitros, enfermeros, psicólogos y bomberos al mismo tiempo, o si simplemente me tocó administrar el circo familiar más caótico del barrio.
