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Una nueva vida ( pero de verdad )

Durante toda mi vida adulta luché contra la obesidad. Pero no hablo de tener 10 o 15 kilos de más; hablo de llegar a cargar 40 kilos extra. Mi cuerpo ya no solo reflejaba obesidad: mi salud estaba empezando a pasarme la cuenta.

La resistencia a la insulina me estaba destruyendo. Las rodillas me dolían cada vez más. Mi salud ginecológica estaba pagando el precio. Mi cuerpo se estaba apagando lentamente mientras yo seguía escuchando frases como: 'solo tienes que cerrar la boca', 'ponte las pilas', 'haz más ejercicio'.

¡Qué fácil es opinar cuando nunca has vivido dentro de un cuerpo que se convirtió en una prisión!

Y sí, también voy a decir algo que muchos prefieren negar para parecer políticamente correctos.

La gordofobia existe.

Existe cuando en una entrevista de trabajo dudan de tu capacidad solo por cómo luces.

Existe cuando una persona delgada recibe el beneficio de la duda y tú solo recibes juicios.

Existe cuando entras a una tienda y asumen que nada te va a quedar.

Existe cuando la gente cree que por ser gordo eres flojo, desordenado o que simplemente 'no te cuidas'.

Existe cuando, incluso en una consulta médica, todo termina siendo culpa de tu peso, aunque vayas por cualquier otra cosa.

Y quienes dicen que esto no pasa, simplemente nunca lo vivieron.

Probé dietas. Medicamentos. Nutricionistas. Pasé años sintiendo que estaba perdiendo una batalla que nunca terminaba.

Hasta que tomé la decisión más difícil de mi vida: una cirugía bariátrica y quiero decir algo que probablemente no le guste a mucha gente.

Dejen de romantizar este proceso.

Estoy cansada de abrir redes sociales y encontrar videos que dicen: 'Amé mi proceso desde el primer día', 'Disfruté cada etapa', 'La mejor decisión de mi vida y todo ha sido maravilloso'.

No.

La mejor decisión de mi vida no fue el mejor momento de mi vida. Y ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Sí, volvería a operarme una y mil veces. Pero también volvería a llorar.

Volvería a frustrarme.

Volvería a sentir miedo.

Porque eso también es parte del camino.

Antes de operarme hice terapia durante meses. No llegué improvisando; no fue una decisión impulsiva. Trabajé con profesionales, entendí los riesgos, me preparé psicológicamente y, aun así, hubo cosas para las que nadie puede prepararte.

Nadie puede prepararte para el duelo. Porque eso es lo que nadie dice: la cirugía no solo reduce un estómago, también te obliga a despedirte de una versión de ti que existió durante años. Y los duelos, aunque sean necesarios, duelen.

Duele descubrir que tu cabeza sigue queriendo comer igual que antes mientras tu cuerpo ya no puede, y te toca resistir.

Duele que tomar agua, algo tan básico, pueda convertirse en un desafío durante los primeros días.

Duele sentir que tu mente y tu estómago dejaron de hablar el mismo idioma.

Duele entender que la comida, que durante años fue refugio, premio, consuelo o escape, ya no puede ocupar ese lugar.

Y ahí recién empieza el verdadero trabajo.

Todos los días.

Por eso me preocupa tanto ver cómo se vende este proceso en redes sociales.

No porque quiera asustar a nadie, sino porque la verdad también salva.

Hay personas que llegan creyendo que, después de la cirugía, todo será felicidad, motivación y kilos de menos. Y cuando aparece el dolor, la frustración o el arrepentimiento momentáneo, sienten que algo está mal con ellas.

No. No hay nada mal contigo.

Lo que está mal es haber convertido un proceso extremadamente complejo en un video de 30 segundos con música bonita y frases motivacionales.

Esto no es un cambio de imagen.

No es un reto de 90 días.

No es una tendencia.

Es una cirugía mayor.

Es un cambio para toda la vida.

Es aprender a comer de nuevo.

Es aceptar restricciones permanentes.

Es tomar suplementos todos los días.

Es renunciar a muchas cosas.

Es tener disciplina incluso cuando nadie te está mirando.

Y, sobre todo, es aprender a convivir con una versión nueva de ti mientras todavía estás atravesando el duelo por la anterior.

¿Vale la pena?

Para mí, absolutamente sí.

Mi salud lo necesitaba.

Mi vida lo necesitaba.

Pero que haya valido la pena no significa que haya sido un proceso hermoso.

No todo lo que te salva se disfruta.

No todo lo que transforma tu vida tiene que vivirse con una sonrisa de inmediato.

Hay procesos que salvan vidas mientras, al mismo tiempo, te rompen por dentro para volver a construirte.

Y eso no debería dar vergüenza decirlo.

Porque dejar de romantizar la cirugía bariátrica no es hablar mal de ella.

Es hablar con la verdad.

Andar por este camino merece conocer esa verdad completa, no solo la parte que consigue más 'me gusta' en redes sociales.



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