Reestablecer contraseña

La dirección de correo electrónico está asociada a tu cuenta.

¿Por qué registarse?

Full Confession Control

Actualizar / eliminar o editar tus confesiones.

Notificaciones

Suscríbase para recibir notificaciones por email con las respuestas a tus confesiones.

Publicidad

¿Quieres publicitarte con nosotros? Comienza creando una cuenta.

¿Tienes alguna confesión laboral?

El nombre es opcional o puedes poner un seudónimo si lo deseas.

Nunca fue suficiente.

Tengo 35 años y si miro mi vida en conjunto, siento que no ha sido una línea recta, sino una sucesión de caídas de las que he tenido que levantarme sin que nadie realmente me sostenga del todo

Crecí en una familia donde mis padres eran completamente opuestos. Mi papá siempre fue optimista, liviano, de esos que intentan ver algo bueno incluso en lo peor. Mi mamá, en cambio, era rígida, conservadora, siempre esperando lo peor, siempre viendo el lado negativo de todo. Y entre esos dos mundos crecimos tres hijos, mi hermano mayor, mi hermana del medio y yo la menor.

Pero desde muy chica entendí algo que nunca se dijo directamente, pero siempre estuvo presente, el cariño no era igual para todos. Mi mamá tenía una hija favorita. Mi hermana mayor. Ella era el ejemplo, la que cumplía exactamente con lo que mi mamá esperaba, estudiar algo corto, casarse rápido, “hacer las cosas bien”. Como si la vida se pudiera ordenar en una lista de requisitos para ser feliz.
Yo no encajaba en ese molde, y eso se notaba

A los 16 años quedé embarazada. Era adolescente, sí, pero no completamente ignorante. Aun así, nada te prepara para lo que viene después en una familia donde el juicio pesa más que el apoyo.
Cuando mi mamá se enteró, lo que viví fue uno de los momentos más duros de mi vida. No hubo acompañamiento, no hubo contención. Solo palabras que me rompieron por dentro. Me hizo sentir sucia, equivocada, humillada, como si yo dejara de ser su hija en ese instante

Mi papá intentó intervenir. Dijo que me había equivocado, pero que lo que necesitaba en ese momento era apoyo, no destrucción. Pero eso no cambió mucho las cosas. Mi mamá dejó de hablarme durante meses. Y cuando supo que sería un niño, su reacción cambió, casi como si eso le devolviera algo de calma.
Mi embarazo, el parto y los primeros años de mi hijo fueron cubiertos económicamente por mi familia, porque tienen buena situación. Pero lo emocional ya estaba roto, y eso no se arregla con dinero

El papá de mi hijo estuvo presente al principio. Éramos jóvenes, intentando sobrevivir como podíamos. Pero con los años la relación se volvió cada vez más difícil, más tensa, y finalmente terminó de forma violenta cuando yo tenía alrededor de 20 años. Después de eso, simplemente desapareció. No llamadas, no visitas, no pensión, nada. Como si hubiera borrado su propia vida anterior.

Con el tiempo, incluso me enteré de cosas que me dejaron helada. Supe que había tenido otro hijo. Un hijo mayor que el mío. Y no fue con una relación cualquiera, fue con la esposa de su primo. Esa parte me golpeó distinto, no porque hubiera amor o algo pendiente entre nosotros, sino porque confirmaba lo caótico y desordenado que había sido todo lo que lo rodeaba. A esas alturas, ya no había nada que reclamar ni entender.
Yo seguí con mi vida.

Estudié. Contra todo pronóstico familiar, saqué una ingeniería. Pero ni siquiera ese logro fue realmente celebrado por mi madre, no asistió a mi titulación. Y me pidió que no le contara a mi hermana que había terminado una carrera universitaria, porque ella solo tenía un título técnico y, según ella, eso podría afectarla emocionalmente. Durante años, en mi propia familia, se creyó que yo solo tenía cuarto medio.
Aun así, trabajé, me levanté y construí algo

Tuve un buen empleo durante siete años. Ganaba bien, compré mi casa con dividendo, ahorré, y por un tiempo sentí que por fin tenía estabilidad. Mi hijo crecía bien, no le faltaba nada material. Fue la etapa más tranquila de mi vida adulta.
Hasta que todo volvió a romperse.
La empresa quebró y perdí mi trabajo. Un mes después me diagnosticaron cáncer cervicouterino. En ese momento sentí que todo lo que había construido se desarmaba al mismo tiempo. En medio del tratamiento, mi mamá no solo no me acompañó, sino que me habló de la peor forma posible, insinuando que mi enfermedad era una consecuencia de ser “sucia”, de mi pasado, de mis decisiones.
Me traté como pude en el sistema público, viviendo de mis ahorros

Cuando logré estabilizarme un poco, encontré trabajo nuevamente, pero solo duré cuatro meses. En un control médico me detectaron un tumor en el ovario. Me operaron y perdí un ovario. La biopsia confirmó cáncer otra vez.
Pero esta vez era de utero, el cual es diferente al primero que tuve.
Volví a tratamientos, esta vez en el sistema privado, lo que terminó consumiendo casi todos mis ahorros. Perdí estabilidad, independencia y hasta mi casa, terminé volviendo a vivir con mis padres.
Y volver no fue volver a casa. Fue volver a un lugar donde las heridas nunca dejaron de existir.
A eso se sumaron infecciones urinarias recurrentes por temas anatómicos internos me explicó el médico, y otros problemas físicos que solo aumentaron mi desgaste.

Pero lo más difícil no ha sido solo la enfermedad.
Lo más difícil es lo que escucho de mi propia madre.
Me ha dicho que todo lo que me pasa es castigo. Que es por cómo he vivido. Que soy una mujer sucia. Que quizás con cuántos hombres habré estado.
Y la verdad es simple, no han sido muchos. Ha sido solo el padre de mi hijo. Y nada más. Pero da igual, porque el daño no está en la realidad, sino en la forma en que ella decidió verme siempre.
Mi papá me dice que no le haga caso, que ella siempre ha sido así. Mi hermano mayor me apoya desde la distancia como puede, porque vive en otro país y mi hermana... mi hermana dice que mi mamá tiene razón.
Y yo estoy aquí

Cansada, enferma, viviendo en una pieza donde a veces siento que ni siquiera tengo espacio para respirar emocionalmente. Sintiendo que no importa cuánto sobreviva, siempre hay algo más que viene a romper lo poco que logro construir.

Y lo más duro no es solo lo que me ha pasado.
Es sentir que, para las personas que más deberían quererme, mi dolor nunca ha sido suficiente para ser tratada con humanidad.



No te reprimas. Completamente anónimo.

Suscríbete a nuestra lista de correo.

Ingresa tu email y te mandaremos las últimas confesiones
Nosotros valoramos tu privacidad, nunca compartiremos tu correo con nadie.