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Con tanta esperanza...

Leyendo al amigo que le querían dar el Camino de Santiago como 'premio', me dio risa, pero les quiero contar mi lado de la moneda. Yo sí lo hice, los últimos 100 kilómetros, pero por una razón súper personal.

Resulta que mi tata era gallego. Llegó a Chile cuando era un cabro joven, escapando de la pobreza y de la guerra, literal con una maleta de cartón y la ropa que traía puesta. A puro pulso se sacó la cresta trabajando, armó una panadería de barrio que después creció caleta y formó una familia gigante acá.

Cuando me tocó caminar por Galicia para hacer la ruta, pucha que fue fuerte. Mientras pasaba por esos pueblitos chicos, llenos de vacas, muros de piedra, bosques verdes y llovizna, se me venía a la cabeza todo el rato esa canción de Alberto Cortez, 'El Abuelo'. Esa que dice 'El abuelo un día, cuando era muy joven, allá en su Galicia miró el horizonte...'. Les juro que era estar caminando dentro de la canción.

El momento que me quebró entero fue cuando me desvié un poco de la ruta principal para ir a conocer la aldea exacta donde él nació. Eran con suerte quince casas viejas, olor a humo y una iglesia enana. Me paré ahí, en medio de la nada, y me puse a llorar como cabro chico.

Pensé en el coraje brutal que tuvo que tener para salir de ahí, tomar un barco sin saber si iba a volver a ver a sus papás algún día, y llegar a Chile donde no conocía a nadie.

Hoy en día se habla mucho y a veces súper mal del tema de la inmigración, pero digan lo que digan, hay que tener unos cojones gigantes para llegar a un país extraño sin un puto peso en el bolsillo y, a punta de puro trabajo honesto, armar un tremendo negocio y dejarle un legado a tus hijos y nietos.

Llegué a la catedral de Santiago de Compostela con los pies llenos de ampollas y cojeando, pero con el pecho inflado. Caminar por la tierra de mi tata fue mi forma de darle las gracias por todo lo que nos dio.



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