Últimamente, he soñado mucho con mi infancia.
Mi familia era muy pobre, así que mis hermanos y yo empezamos a trabajar en el taller de ropa de mis papás desde muy chicos. Si nos negábamos, mi papá nos pegaba para hacernos cooperar. No nos pagaban, todo se iba a los gastos de la casa y a la “acumulación de la familia”.
Ahora, con la perspectiva de los años, entiendo que eso era trabajo infantil, muy cercano a ser una forma de esclavitud.
Pero siendo niño, no era consciente de nada de eso. Por eso, la primera vez que conté esto en un colegio a mis compañeras, sus reacciones me dijeron que algo andaba mal. Me llevaron a la UTP del colegio donde la encargada me preguntó directamente si era verdad lo que decía. Su cara me transmitió que si lo era, algo grave pasaría. Yo no quería provocar otra paliza de mi papá, así que instintivamente dije que no era cierto, y que no sabía de dónde mis compañeros habían sacado eso.
El resultado: quedé de mentiroso, y empecé a sufrir bullying. Genial, ahora también me pegaban en el colegio. No me defendía porque no sabía qué hacer, no quería llamar la atención de mi papá sobre mí por algo del colegio así que no hacía nada, las sufría en silencio.
En paralelo, cuando había tiempo libre en la casa, sin nada que hacer, me puse a leer. Me sugirieron un día ir a sacar libros a la biblioteca pública, y así descubrí una manera de pasar tiempo fuera de la casa (porque no nos daban ningún permiso de salir, a ningún lado). Me iba a jugar a los videos con la moneda que me daban para la micro, la que ahorraba caminando desde mi casa hasta la biblioteca, y cuando se me acababa o derechamente no tenía nada, simplemente iba a mirar a otros jugando.
Con los juegos, tenía diversión, la que rara vez encontraba en mi casa. Para poder jugar más, o al menos ir a ver los juegos, empecé a leer y leer, porque entre más rápido avanzaba, más pronto podía volver a salir a la biblioteca, pudiendo así divertirme algo más.
Leí sobre Oliver Twist, y las condiciones de trabajo infantil en la Inglaterra del año 1800. Pensé que no era tan increíble, pero ahora que entiendo lo que sucedía me doy cuenta que era yo el que estaba en una mala situación.
Un día, todavía siendo niño, tuvimos una pelea con mi hermano menor que él empezó, pero cuando llegó mi papá a resolver el asunto, me castigó a mí, pegándome. En ese momento por fin pude entender que lo que me pasaba era injusto: si yo no había provocado el problema con mi hermano pero era el castigado, entonces había un problema con la justicia de los castigos en general. Le grité que no quería que nunca más me pegara, y así fue, nunca más lo hizo. Quizá la expresión de mi cara, tan enojado que estaba al darme cuenta de la injusticia de toda la situación.
Pero todavía tenía que trabajar. A esas alturas ya estaba asimilado, así que simplemente lo hacía.
Luego, otro día, en el baño, me encerré a leer una revista antigua, y me enteré de un libro que había ganado el Premio Nobel por “demostrar” que luego de toda revolución social en que se intentase cambiar la distribución de la riqueza, ésta siempre volvía a manos de unos pocos, por lo que las revoluciones eran inútiles. Cuando leí eso, algo dentro de mí me dijo que eso era imposible, que las personas tenían que poder cambiar algo.
Decidí que dedicaría mi vida a descubrir cómo, y gracias a eso pude controlar la ira que todavía sentía por las injusticias que había vivido (y que todavía vivía). No podía entender mi realidad, y para no volverme loco, decidí olvidarla un poco, pero no completamente, lo justo como para poder lidiar con el paso del tiempo y todos los esfuerzos que tenía que hacer para salir de ahí y lograr mi objetivo.
Pero la ira siguió existiendo.
Comencé a proclamarme como una persona libre, sin entender bien por qué. Muchas veces me llamaron narcisista y arrogante, pero ahora entiendo que estaba reaccionando a mi propia infancia con tintes de esclavitud.
Logré ser feliz durante algunos años, tuve hermosos amores y amistades, pero siempre dentro de mí estaba la idea de qué hacer con toda esa ira retenida en mi corazón. Esto explica por qué nunca pude realmente entregarme a mis parejas: sin entender todavía lo que me pasó, porque solo me quedaba el vago recuerdo del pasado, todavía sentía que el “ser de otra persona a quien amas” era parecido a una forma de esclavitud, como si el afirmarme a mí mismo siendo una persona libre fuera incompatible con esa faceta del amor. Y claro, efectivamente hay una entrega y sumisión en el amor, pero recién ahora entiendo que esa forma de 'esclavitud al sentir' es en realidad una liberación del dolor de la vida.
Lo entendí demasiado tarde.
Mi afán de libertad hasta lo irracional, me llevó a destruir los vínculos que tenía con las personas más importantes de mi vida. Hoy, apenas me responden los mensajes, ya no recuerdan mi cumpleaños, y hasta se esfuerzan por ir borrando poco a poco los rastros que quedan de nuestros pasados juntos.
La gracia es que a cambio de eso, logré descubrir lo que quería. Escribí un libro que ahora está por publicarse, y si le va bien, desde el fondo de mi corazón creo que va a cambiar al mundo.
El precio ha sido alto. Pude ser feliz de muchas maneras, la vida me ofreció muchísimas oportunidades. Pero mi trauma del pasado me impidió aprovecharlas debidamente. Y hace poco, con motivo de una obra de arte, se me removió la memoria del pasado, y los recuerdos me causaron tanto dolor que perdí la sensación de libertad, e incluso las ganas de vivir.
Ahora, estoy en una situación en que el pasado me atormenta, mi presente es infeliz, y mi futuro casi no existe, salvo por el resultado del libro (que a todo esto, es bien difícil que funcione porque muy poca gente sigue leyendo, y ésa es solo la primera barrera: hay que sumar los costos de publicar y publicitar, el tiempo, y además los gastos del diario vivir mientras todo eso se resuelve). Pero si fracaso en eso, estaré mejor muerto.
En resumen: mi sob-story es que fui casi esclavo cuando niño, y la ira que eso me causó me destruyó la vida. No fui capaz de olvidarla completamente ni menos para siempre, y ahora hasta volvió más fuerte que nunca; pero habiendo descubierto el origen de todo, y escribiéndolo en un libro, se convirtió en profunda tristeza. Por las oportunidades perdidas y que ya no volverán, por las relaciones destruidas que me dieron felicidad, y por una vida que recién llega a la mitad pero a la que ya no le queda nada que esperar.
Si al libro le va bien, acuérdense: volverán sobre esta publicación. Porque si tengo razón, y me va bien, va a quedar la cagá. El universo va a arrepentirse de hacer que tantas personas como yo la pasen así de mal.
