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Trabajando duro

Necesitaba desahogarme en un lugar donde sé que hay gente que, como yo, se levanta cada día a pelearle a la vida. Quería compartirles algo que me viene doliendo y que quizás a alguien más le esté pasando.

Nací en una familia numerosa donde la pobreza no era una palabra, era nuestra realidad diaria. Crecí en un barrio complejo, rodeado de esquinas marcadas por la droga y el alcohol. De niño, me tocó masticar el rechazo de una forma muy cruel: yo era ese niño de la calle con el que ningún papá dejaba que su hijo se juntara, solo por el pecado de ser pobre. Pero dentro de ese niño descalzo había un respeto y unas ganas de salir adelante gigantescas. A los 13 años ya me ganaba la vida trabajando en la calle para llevar algo de comer a mi casa, vistiendo ropa regalada que muchas veces me incomodaba, pero que usaba con la frente en alto.

Me saqué la mugre y logré terminar el colegio sin repetir jamás. Pero la escasez te impone ausencias que se te quedan grabadas en el alma para siempre: no fui a mi graduación de cuarto medio porque simplemente no tenía ropa digna para ponerme. Mientras mis compañeros celebraban, al día siguiente yo ya estaba pidiendo trabajo en la construcción con 18 años. Ahí aprendí el valor del sudor pesado, recorrí el país y maduré a la fuerza. A los 21 años, mirando las manos agrietadas por el cemento, me juré que cambiaría mi destino. Volví a Santiago a vivir un calvario de años: trabajar de día y estudiar de noche. No sé de dónde saqué fuerzas, pero me convertí en Ingeniero.

Esta vez guardé el dinero y me compré el traje. Tenía la ropa, tenía el logro... pero el destino me volvió a dar la espalda: me tocó trabajar y no pude ir a mi propia graduación universitaria. Tampoco quise decirles a mis padres; me partía el alma pensar que ellos pasarían la vergüenza o la angustia de no poder costear una vestimenta para acompañarme. Pagué mi título con lo último que me quedaba en los bolsillos, lo guardé en una carpeta y seguí caminando. Me autoconvencí de que no celebrar no me dolía. Me acostumbré a que mis victorias nacían muertas.

Después vino el éxito profesional, y con él, la envidia. Gente que no soportaba ver que el niño que venía del barrio ahora ganaba más que ellos. Para salvar mi paz mental, preferí renunciar y tirarme a los leones. Empecé desde cero con un localito muy pequeño, ganando una miseria en comparación, pero encontrando por fin un poco de tranquilidad. Dios y el esfuerzo premiaron ese sacrificio: el negocio creció, le cambié la vida a mi familia entera, compré mi casa, una parcela, vehículos. pero lo mantuve todo en absoluto secreto. Me dio pánico que la mala energía del resto me derrumbara lo que tanto sudor me costó levantar. Me encerré en mi propio silencio.

Hoy tengo 36 años, una mujer maravillosa y dos hijos que son mi vida entera. Cuando mis niños logran la cosa más mínima, lloro de emoción y les celebro en grande, tirando la casa por la ventana. Pero cuando me miro al espejo a mí mismo, sigo viendo al niño de 13 años con ropa prestada. No sé cómo celebrar mis propios logros. El dinero ya no me importa; me vuelve loco la adrenalina del desafío, planificar la estrategia, ganarle a la dificultad, pero en el segundo exacto en que alcanzo la meta, el encanto se apaga en mi. Siento que el trabajo terminó y mi mente, con el freno de mano roto por tantos años en modo supervivencia, salta al siguiente problema que resolver.

Les escribo esto con un nudo en la garganta porque me di cuenta de que pasé toda mi vida corriendo para demostrar que valía, y ahora que llegué a la cima, no sé cómo sentarme a disfrutar del paisaje.

Si estás leyendo esto y hoy te estás sacando la mugre por tu negocio, tu carrera o tu familia, te lo pido por favor: no cometas mi error. No esperes a que el arcoíris brille al final del camino para ser feliz. La felicidad no es la meta final, la vida es el camino, con sus cafés a media tarde, sus estrategias, sus días difíciles y sus pequeñas victorias diarias. Si no aprendemos a amar el proceso, cuando lleguemos al final la victoria se va a sentir fría y vacía.

Aprendamos a parar la máquina un rato y a darnos ese tiempo, Nadie más lo va a hacer por nosotros.



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