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La Pareja del Dueño

Soy contador independiente y, en general, me va bien. Los clientes no suelen dar problemas si se mantiene todo al día: IVA, Previred, liquidaciones, Renta. La rutina es conocida y, cuando funciona, funciona sola.
Pero hay un problema que me ha afectado a mí y a varios colegas: la pareja del dueño.

Mi caso comenzó con un negocio de abarrotes. Tres hermanos, el mayor a cargo, cero conflictos. En el cuarto año se fue al extranjero y dejó a cargo al del medio —llamémosle Zañartu. Por un tiempo todo siguió igual, hasta que apareció la pareja de Zañartu. Para efectos de esta historia, la llamaremos Pochi.
Empecé a recibir llamadas y audios de Pochi pidiendo documentos y, de paso, que la contratara. Hablé con Zañartu, quien me indicó que ella trabajaría bajo boletas de honorarios y que ella misma las emitiría. Sin problema, aparentemente.

Casi a fin de año —noviembre— Zañartu me informa que Pochi nunca había iniciado actividades, por lo que nunca emitió una sola boleta. Resultado: hubo que emitirle boletas de terceros y pagar todas las retenciones del año en dos meses. El F29 salió elevado, y la queja llegó directo al contador.
En enero, la solicitud cambió: que la contratara formalmente. Le hice el contrato. Estuvo tres meses y luego pidió que la despidieran, porque postularía a algo y no podía figurar con sueldo. Se tramitó el despido, se pagó el finiquito, sin mayores observaciones.

Seis meses después, Zañartu me llama para informarme que Pochi está embarazada de cuatro meses y que quieren que le confeccione un contrato con fecha desde el mes siguiente al despido, pagando las cotizaciones atrasadas de esos seis meses para que acceda al pre y postnatal.

Le expliqué con claridad: ese tipo de pagos retroactivos no siempre es aceptado. Instituciones como la Caja de Compensación y la AFC tienen restricciones al respecto, y era probable que las licencias no pasaran. Zañartu escuchó, y me pidió que lo hiciéramos igual.

Se pagaron las cotizaciones atrasadas, con más multas que aportes reales. El prenatal salió —pagado por boletas de honorarios— pero las licencias posteriores al postnatal fueron otro capítulo. Pochi no las enviaba, llegaban sin empleador identificado, o con ella misma como empleadora. Rebotaban sistemáticamente. Una, directamente, nunca fue enviada.

Recorrí la Caja de Compensación, la AFC, todas las ventanillas posibles. Y Zañartu se enojó. No con Pochi, sino conmigo: que era poco profesional, que cómo no le había advertido. Mientras tanto, las licencias del resto de los trabajadores de la empresa pasaron sin ningún inconveniente.
Los audios de Pochi se volvieron cada vez más largos y más agresivos. El punto de quiebre fue una llamada en que Zañartu me amenazó directamente: si no le pagaban las licencias a Pochi, yo debería hacerme cargo.
Bajo amenaza, no trabajo.
Respiré profundo, les confeccioné la Renta —porque no correspondía dejarlos sin declarar en pleno abril— hice el Previred del mes y los mandé al carajo.

A veces, una empresa puede ser productiva y rentable, pero si no tiene orden ni liderazgo claro, no va a ningún lado. Personas que no son representantes legales ni responsables formales consiguen —muchas veces con la mejor intención del dueño— un poder que no les corresponde, y generan un desorden que termina pagando el profesional.

Cuidado con las señoras Pochi.



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