Arándanos
Mi mamá trabajó toda su vida como nana.
Bueno, toda su vida post-hijas. Antes de nosotras había trabajado en una fabrica , pero la maternidad la delegó a la casa. No por mucho tiempo; cuando estábamos en la básica, comenzó a trabajar cuidando niños. Primero fue en una casa a unas cuadras de la nuestra, después en otra comuna. Su último trabajo fue en el barrio alto. Tenía un buen puesto, una buena familia y niños que la adoraban.
Mi madre amaba a esos niños.
En esa casa conoció los arándanos. Era una fruta bastante exótica para el Santiago de esos tiempos, por ahí por el 2004, y más para una familia de la periferia, allegados en el sitio del suegro, donde ambos padres debían trabajar todo el día para pagar las cuentas que no paraban de acumularse. Ella se levantaba a las 5:30 de la mañana y llegaba pasadas las siete de la tarde. En vacaciones, me avisaba cuando estaba cerca y yo salía a esperarla a la bajada del bus.
En una ocasión, fuimos las dos solas a Estación Central. Para mí era todo un evento: solo ella y yo.
Cuando volvíamos a casa, pasamos por un Savory. Ella amaba los helados y pidió dos copas; la suya venía con arándanos. Me dijo que eran deliciosos, así que yo pedí lo mismo. Cuando los probé, no encontré nada espectacular. Recuerdo esa bolita congelada, casi sin sabor, pero le dije que estaban exquisitos solo porque ella se veía feliz. A ella realmente le gustaba ese fruto; para mí, en cambio, era algo "de cuicos", demasiado alejado de mi realidad. Alguna vez los había visto en el supermercado: una cajita de cien gramos a un precio imposible.
Ahora... ahora compro el arándano por kilo. Lo como todo el año, preparo mermeladas, helados, jugos. Y mientras los saboreo, la recuerdo a ella, radiante con su copa de helado y sus frutos congelados. Si estuviera aquí, se los llevaría por montones. Eran sus favoritos.
Pero ahora solo me queda saborearlos por las dos y recordarla.
