Portandose bien
Hola amigos, ¿cómo están? Vengo a desahogarme y de paso a hacerlos reír con una historia tragicómica que me costó un día de vacaciones (sí, lo gasté pésimo)
Cuento corto: soy mujer joven y empecé a hablar con un chiquillo que conocía de antes. Siempre me cayó bien, muy simpático, buena onda... no era precisamente un modelo de catálogo, pero tenía su encanto.
No lo veía hace años, así que cuando nos juntamos... uff. Venía con hartas “actualizaciones”: varios kilos extras y el autocuidado claramente en pausa. Igual dije ya, no seamos superficiales, veamos qué onda, capaz hay química.
Y bueno... llegó el famoso delicioso.
Amigos... por el peso de él fue una experiencia digna de supervivencia. Entre momentos incómodos, falta de aire y yo tratando de mantener la dignidad, sentía que estaba en una mezcla entre deporte extremo y prueba de resistencia. Pero yo, educada, piola, sin decir nada para no herirlo.
Quedamos de vernos de nuevo. Yo pensé: “ya, fue la primera vez, nervios, después mejora”.
JAJA. Ilusa.
Pasan unos días y me escribe el cabro... para decirme que no quiere seguir saliendo conmigo porque no le gustó el acto, que fui fome y raro.
PERDÓN?
Yo quedé con el medio payaso pintado en la cara, porque hice todo lo humanamente posible en una situación claramente compleja, sin decir nada para no hacerlo sentir mal... y resulta que la fome fui yo.
En fin, perdí un día de vacaciones, gané una anécdota. Ahora me acuerdo y me río no más...
