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Hace diez años lo conocí.

No fue nada planeado, ni de esas historias que empiezan con fuegos artificiales. Fue simple. Cotidiano. Coincidimos en el trabajo, en ese tipo de trabajo que no te deja echar raíces, donde uno vive con la maleta medio hecha, saltando de proyecto en proyecto, de ciudad en ciudad, a veces incluso de país. Ambos llevábamos años en ese ritmo, acostumbrados a despedidas que no dolían tanto porque eran parte de la rutina.

Éramos colegas. Nada más.

O eso creíamos.

Salimos un par de veces, sin expectativas, sin promesas... y pasó lo que tenía que pasar. Fue breve, intenso, sin nombre. Nunca lo formalizamos, nunca lo definimos. Solo sucedió. Y así como empezó, terminó. Cada uno siguió su camino, sus proyectos, su vida. Nos hablábamos de vez en cuando, como quien no quiere soltar del todo algo que no sabe cómo nombrar.

Pasaron dos años.

Y el destino o lo que sea que mueve estas cosas nos volvió a juntar.
Y fue como si el tiempo no hubiera pasado.

Pero esta vez fue distinto.

Seguíamos sin etiquetas, sin acuerdos claros... pero había algo más. Nos buscábamos. Nos cuidábamos. Ya no eran solo salidas; eran fines de semana completos, risas largas, silencios cómodos. Era compañía. Era sentir que, en medio de tanto movimiento, había alguien que también era un poco hogar.

Pero otra vez... nos tocó separarnos.

Nuestro trabajo no perdona. Nos fuimos cada uno por su lado, con la promesa tibia de seguir en contacto, de intentar vernos, de no perder eso que teníamos... aunque nunca supimos exactamente qué era.
Pasaron meses, Ocho meses. Ninguno de los dos pudo volver, estábamos en países diferentes.

Ahí fue cuando algo en mí cambió.

Hice una pausa en mi vida, un repasar interno. Me cansé de vivir en tránsito, de no tener estabilidad, de no construir nada que se quedara. Quería algo distinto. Algo firme. Algo que no dependiera de un próximo vuelo.

Dejé ese trabajo.

Empecé de nuevo.

Intenté mantener el vínculo con él... pero la vida tenía otros planes. Conocí a alguien más. Alguien que estaba ahí, presente, disponible, dispuesto a darme lo que yo estaba buscando en ese momento: estabilidad.

Y tuve que elegir.

Le dije la verdad. Que había conocido a alguien. Que quería algo serio. Que necesitaba saber si él estaba dispuesto a eso... o si su vida seguía siendo su prioridad.

Eligió su trabajo.
Y yo lo entendí.
Y nos dejamos ir.
No fue dramático. No hubo peleas. Solo esa sensación extraña de cerrar una puerta.
Con el tiempo supe de él por terceros. A veces preguntaba cómo estaba, a veces me llegaban noticias suyas. Nada profundo. Solo rastros.
Y la vida siguió.
Yo seguí.
Tanto, que terminé casándome con otro.
Pensé que eso era avanzar. Pensé que eso era elegir bien.
Pero la vida no es tan simple.
Hace un año volvimos a hablar.
Al principio fue inocente. Un “¿cómo estás?”, un “tanto tiempo”. Pero las conversaciones empezaron a crecer... a alargarse... a volverse más frecuentes, más íntimas. Como si nunca hubiéramos dejado de hablarnos, como si en algún lugar todo hubiera quedado suspendido, esperando.
Y justo en ese mismo tiempo... mi matrimonio empezó a romperse.
Mi esposo me engañó.

Y aunque intenté convencerme de que lo había perdonado... la verdad es que no. Hay cosas que no se olvidan, que se quedan como un ruido constante en la cabeza, como una grieta que no deja de abrirse.
Desde entonces lo miro distinto.
Desconfío. Cuestiono.Me cuestiono.
No es solo la infidelidad... son muchas cosas. Detalles, hábitos, formas de ser que antes toleraba o no veía, y que hoy me pesan. Y entonces aparece la pregunta que no deja de repetirse
¿Estoy dispuesta a vivir toda mi vida así?
Tengo 37 años. Soy joven aún. Y no sé si quiero resignarme.
Y en medio de todo eso... apareció él otra vez.

Sin saber nada. Sin conocer el motivo de mi tristeza. Solo estando.
Acompañándome por mensajes, por llamadas, levantándome el ánimo sin entender del todo por qué lo necesitaba tanto. El solo sabía que estaba casada pero nada más, no sabía que tenía problemas en mi matrimonio o que me habían engañado.
Y pasó un año.

Un año en el que nuestras conversaciones se volvieron profundas, honestas... peligrosamente cercanas.
Hasta que un día me dijo que me amaba.
Que antes no lo veía. Que tuvo que pasar el tiempo, la distancia, los años... para darse cuenta. Que siempre hubo algo, pero que ahora lo entiende. Que ahora sabe lo que quiere.
Y que está dispuesto a dejar todo... por nosotros.
Y ahí estoy yo.

En medio de dos vidas.
Una que construí, pero que hoy se siente rota.
Y otra que nunca construí... pero que siempre, de alguna forma, existió.
No sé qué hacer.

Solo sé que hay decisiones que cambian todo.
Y siento que estoy justo antes de una de ellas.



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