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Un tocomple

Estos últimos días hemos leído muchísimo sobre traiciones y altos estándares... La verdad es que a veces son algo fomeques, así que aquí les traigo una wena, wena.

Han pasado más de dos décadas, así que creo que ya es tiempo de soltarlo. Porque casi siempre cuando te guardas algo te puede terminar afectando... aunque recuerden, babys, que a veces igual es mejor dejarlo ahí y no soltarlo.

Yo me fui a trabajar a una de esas bombas o estaciones de servicio donde ofrecían comida, aparte de llenar el estanque.

Pasa que nos daban de colación un completo o una empanada más bebida. Tenía una supervisora súper simpática que a los nuevos nos trataba de integrar en todo. Incluso a veces nos llevaba a colar XD atrasito, donde había una pequeña zona de pasto.

Nos sentamos ahí con otros compañeres XD.

Yo elegí mi tocomple con hartas salsas: palta a lo maldito, mayonesa, ketchup, mostaza de la wena y su toque de pebre de esos que venían en sobres... de lo que ahora le llaman gourmet jajaja.

También me serví mi cocacolita a lo Carlitos Run y partimos al pastito.

Era un prado chico, pero daba esa sensación de estar en un parque en medio de la selva de cemento. Como no era una zona habilitada para comer, nos sentamos así tal cual, como un picnic urbano —como le dicen los cuicos y algunos que viven en Ñuñoe.

Había que sentarse a lo indio no más. Pero como el pantalón del uniforme estaba nuevo y me apretaba, yo decidí sentarme con las rodillas flectadas hacia arriba... como cuando hacías esos abdominales noventeros.

Y aquí empezó la tragedia.

Cuando me disponía a disfrutar de mis elixires, hice un movimiento para alcanzar el vaso y el noble tocomple plástico... y por la presión natural del cuerpo hacia los intestinos, olvidando totalmente que sufría de meteorismo, hice un movimiento externo-interno que me llevó a abrir mi válvula de alivio de presión.

Ahí, al lado del noesni... o el nudo de globo... o el beso de abuela, como quieran llamarlo.

Y se me salió un huaracazo que dejó peinada —o mejor dicho despeinada— a la pobre supervisora.

Me dio una vergüenza horrible.

Mientras estaba con la boca abierta zampándome el tocomple, salía todo el gas a una velocidad y con un sonido que no había forma humana de esconder tremendo peo con un pequeño carraspeo de garganta.

La gente que estaba ahí fue súper buena onda. Nadie dijo nada para no hacerme sentir mal. Pero de a poco las caritas de inocencia empezaron a sonrojarse y se apretaban los labios para no reír.

Yo no pude aguantar.

Bueno... no me aguanté un peo —o en este caso un peazo— y menos me iba a aguantar la risa de los puros nervios.

Ahí explotó todo y empezamos a reírnos todos. Lo tomamos como algo que le pudo pasar a cualquiera. Nunca nadie me molestó después ni me pelaban ni nada. Yo creo que antes la gente era más buena que ahora. Pero igual los desgraciados me pusieron sobrenombre.

Desde ese día me conocían como Meteoro.

Así que ya saben, chiquilles: si los invitan a colar con la jefa y se van a sentar en el suelo... ténganse dignidad y asegúrense de que no se les vaya a caer algo.

En mi caso, y como nunca en 50 años he prestado el chico Julio, todo lo que sale de ahí se va con mucho ruido.

Ahora, con tanta tribu urbana y autopercepciones, capaz que a alguno se le salga uno y ni suene... como ninja.

De esos que se tiran las abuelas.



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