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Recuperando el silencio

Trabajo por turnos extensos y, cuando por fin salgo a descanso, suelo llegar a casa al amanecer. El problema es que justo a esa hora un vecino se levanta muy temprano y acostumbra alimentar palomas. No llegan unas pocas: llegan cientos.

Usan mi techo como pista de aterrizaje y el ruido es insoportable. Caminan, aletean, golpean... y yo, que solo quiero dormir después de jornadas agotadoras, no logro descansar.

Desesperado, tomé una decisión que probablemente muchos juzgarían mal: compré un arma de aire. Desde mi pieza, a través de una pequeña ventana, empecé a usarlа. Con el tiempo, las palomas comenzaron a desaparecer. Algunas quedan en la calle, otras simplemente ya no vuelven.

Nadie sabe de dónde vienen los disparos. Pero algo cambió: ahora hay drones sobrevolando el sector, patrullas dando vueltas y hasta puntos fijos de vigilancia.

A veces me invade la culpa. Otras veces siento que solo estaba intentando recuperar algo tan básico como el descanso. Y en medio de todo, me descubro viviendo una extraña paradoja: estar ahí, mirando sin ser visto, mientras todo afuera se tensa... y el silencio, por fin, vuelve a mi techo.



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