La billetera vacía y el corazón lleno
Tengo una pena negra que no me deja dormir. Llevo cesante cuatro meses. He postulado a todo, he bajado mis pretensiones, he pituteado de Uber, pero las deudas nos están comiendo.
Mi mujer ha sido un pilar. No se queja, estira la plata de la comida, le pone una sonrisa a los niños. Pero veo cómo mira las vitrinas cuando pasamos rápido por el centro. Veo cómo se le van los ojos en esos detalles bonitos que antes podía comprarle sin pensar.
Hoy es 8 de febrero y me di cuenta de que no tengo ni un peso para regalarle nada este sábado. Ni una flor, ni un chocolate. Nada. Me siento el hombre más miserable del mundo, un fracaso de proveedor y de marido. Me encerré en el baño a llorar de pura impotencia, con la ducha abierta para que no me escuchara.
Cuando salí, ella estaba ahí, con los ojos rojos. Me había escuchado. Me abrazó fuerte y me dijo algo que me desarmó entero: 'Gordo, no quiero regalos. No quiero que gastes lo que no tenemos. Lo único que quiero es que no te rindas, porque si tú te caes, nos caemos todos. Ese es mi regalo'.
Nos abrazamos llorando en el pasillo. Es triste no tener plata, la pobreza te quita la dignidad de a poco, pero en ese abrazo entendí que, aunque estemos en la quiebra absoluta, somos millonarios en lo que importa. Este 14 será con pan con mantequilla y té, pero será el más honesto de mi vida.
