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El fantasma del pasillo de los chocolates

Hoy fui al supermercado a hacer la compra del mes y cometí el error de pasar por el pasillo central, ese que ya disfrazaron de rojo y rosado. Es domingo 8, falta menos de una semana, y la gente ya anda como loca llevando cajas de bombones y peluches que, seamos honestos, van a terminar llenos de tierra en un rincón...

Me quedé paralizado frente a los chocolates favoritos de ella. Por 8 años, mi tradición sagrada no era ir a comer a lugares caros ni comprar joyas. Nuestra tradición era simple: cocinar juntos, abrir un vinito y compartir esa caja específica de chocolates viendo una película mala en la tele. Era nuestro refugio contra el mundo.

Este es mi primer 14 de febrero solo. Ella ya no está... Ver esa caja ahí, en oferta, fue como un golpe en el estómago. Estuve a punto de echarla al carro por pura memoria muscular, por la costumbre de una década de amar a la misma persona. Tuve que apretar el mango del carro hasta que me dolieron los nudillos para no hacerlo.

La gente pasaba por mi lado riéndose, eligiendo regalos, y yo sentía que era un fantasma en mi propia vida. Al final, seguí de largo con el carro medio vacío. Nadie te explica lo difícil que es desaprender las rutinas del amor cuando tu amor ya no está.



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