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Con todo respeto...

Confieso que el otro dia... con 33 grados en Santiago, sentí la brecha generacional pegar fuerte.

Llegó el practicante nuevo a la oficina. Un cabro de 22 años. Yo, como buen 'viejo' de 35, ando con camisa manga larga y pantalón de tela, sufriendo la gota gorda por ser 'profesional'.

El compadre llegó con shorts de mezclilla y chalas. Chalas po.

Mi primera reacción de viejo vinagre fue pensar: 'Oye, qué falta de respeto, dónde está la formalidad'. Lo miré feo toda la mañana.

Pero salimos a almorzar y, mientras yo sentía cómo se me pegaba la camisa a la espalda transpirada y se me cocían las piernas, lo vi a él caminando al lado mío, fresco como una lechuga, ventilado y feliz.

Ahí entendí todo. El ridículo no es él por andar cómodo; el ridículo soy yo por seguir códigos de vestimenta del siglo pasado con este clima infernal. El cabro es un visionario y yo soy un envidioso.



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