Definitivamente tiene razon.
Hay una frase que se repite mucho cuando se habla de la universidad y los puntajes: “las notas no te definen”. Y aunque entiendo la intención de no reducir a una persona a un número, cada vez me incomoda más cómo se usa esa frase para relativizar cosas que sí importan.
Las notas no miden todo, es cierto. No miden la historia personal, ni las dificultades, ni el contexto. Pero sí miden constancia, disciplina, capacidad de sostener un esfuerzo en el tiempo, y también la responsabilidad frente a un proceso. Y eso no es menor cuando se trata de formar profesionales.
Decir que las notas no importan puede sonar inclusivo, pero también puede ser una forma cómoda de no hacerse cargo del trabajo que implica aprender bien. Un buen profesional no se construye solo con carisma o con habilidades sociales. El “chamullo”, por muy pulido que esté, no reemplaza el conocimiento ni la competencia técnica.
Si yo necesito un médico, quiero uno que sepa sanar. No uno que sea simpático, amoroso o que finja empatía mientras no domina lo que hace. La calidez humana es valiosa, sí, pero nunca puede sustituir lo tecnico. La confianza real nace de saber que quien te atiende estudió, practicó, se esforzó y fue exigente consigo mismo.
Las habilidades sociales ayudan a comunicar, a trabajar en equipo, a acompañar procesos. Pero sin base, sin estudio riguroso, sin disciplina, se quedan vacías. No basta con caer bien. No basta con hablar bonito. El conocimiento profundo requiere constancia, y eso, querámoslo o no, muchas veces sí se refleja en las notas y en los puntajes.
Quizás el problema no es decir que las notas no te definen, sino decirlo sin contexto. Porque no definen todo, pero tampoco son irrelevantes. Hablan de hábitos, de compromiso, de cómo una persona enfrenta la exigencia. Y eso, cuando pensamos en la universidad y en el tipo de profesionales que queremos formar y en quienes confiamos nuestra salud, nuestra educación o nuestras decisiones, importa más de lo que a veces queremos admitir.
