La suerte de los demas.
Me titulé de una universidad tradicional. De una ingeniería de verdad. Ceremonia larga. Escudo dorado. Discurso sobre excelencia, liderazgo y toda esa poesía corporativa. Y sí: me creo superior. Lo admito. Me siento mejor formado que los demás. Porque así nos moldearon. Prestigio por goteo, hasta que te intoxica.
Mientras estudiaba creía en la justicia, en la meritocracia, en que, si hacías las cosas bien, el sistema te devolvía la mano.
Mentira.
Cuando entré a un programa trainee, sentí que la vida ya estaba lista. Siempre escuché que a los trainees los forman “para ser jefes hacia arriba”. Gerencia. Dirección. Ese era el camino. Me vi ahí. Subiendo. Tranquilo. Seguro.
Y ahí estaba él, el del Inacap. Compañero mío del liceo. Del montón. De 5 hacia arriba. Nada brillante. Nada terrible. Promedio. Sacó un técnico en Inacap. Trabajó un par de años en terreno. Después sacó la ingeniería en el mismo Inacap. Piola. Sin glamur. Cuando coincidimos en la empresa, él estaba a reemplazo. Contrato chico. Inestable. Yo era trainee. Y obvio, sentí ese salto interno de soberbia automática:
“Yo soy otra cosa. Yo voy a mando medio pa’ arriba.”
Pasan seis meses.Se acaba el trainee. A mí me dan la mano y me botan a la calle.
A él lo dejan. “Por su experiencia.” Y ahí el castillo se derrumbó.
Desde entonces puros reemplazos pencas, planilleo mula, reportitos, plazos fijos. Nada serio. Nada que construya carrera.
Y LinkedIn…
LinkedIn es tortura.
Ex compañeros del liceo —los del Inacap, Duoc, IP, privadas pencas subiendo fotos felices, cargos nuevos, encargado en esto, líder en esto, jefe de esto, acompañados de la típica frase “nuevo desafío profesional”.
Y varios ahora están haciendo “ingenierías” en esos programas advance que inventaron las privadas para sacar más plata.
Salen de la pega, van un par de horitas,
¡paf! cartón nuevo.
Y sí, me hierve la sangre. Porque ellos tienen pega. Tienen estabilidad. Tienen plata. Tienen proyección. Yo no. Yo tengo 30 y aun vivo con mis papás.
Y varios ya están fuera del país. Australia. España. Alemania. Y uno en particular: Un ex compañero del Duoc que sacó lo que yo, desde mi pedestal ridículo, llamaba“ una ingeniería de las pencas.” Ese loco ahora trabaja en Canadá. Como ingeniero, con contrato, con vida ordenada.
Y sí, me da rabia, mucha rabia. No contra él. Contra este sistema culiao que te vende prestigio mientras en realidad manda la experiencia, el pituto y la suerte.
Mientras tanto yo…manejo Uber. Y ya me ha tocado llevar a excompañeros. Bajo la gorra. Hablo poco. Ojalá no me reconozcan. Los dejo en edificios nuevos. Conserje. Seguridad. Estabilidad. Y yo me quedo ahí, estacionado, mascando bronca.
Y les confieso algo peor, le he seguido el rastro a varios de mi curso de la media. Como enfermo. Buscando de verdad a alguien peor que yo. Para sentirme menos fracasado. Y no encontré a nadie. Lo último que supe fue esto, el porro del curso (el que apenas pasaba) ahora es capitán de barco. Sí. Capitán. Ni siquiera sé dónde se estudia eso. Ni siquiera sé si se tiene que estudiar para eso. El loco maneja cargueros por el mundo. Sueldo gigante. Vida resuelta.
Y yo acá. Dando vueltas. Recolectando pasajeros. Con rabia. Con envidia. Con resentimiento. Porque yo hice TODO “bien”: Prestigio. Notas. Mérito.
Y el sistema me lanzó a la cuneta. Sin ceremonia. Sin culpa. Y sí todavía me creo mejor formado que los de los IP/CFT/privadas pencas. Todavía me corre veneno por la sangre. Y eso también me está matando. Pero es lo que hay. Mi título está guardado en el fondo de un cajón.
Mi CV es un chiste. Mi futuro, humo. Y yo sigo manejando. Tratando de pasar lo más anónimamente posible. Lo más invisible. Con rabia, no contra personas, sino contra este sistema chanta que predica movilidad social…pero reparte destinos como si estuviera tirando dados.
Soy un “ingeniero de verdad”.
Y estoy perdiendo.
