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Los impuestos son un robo...

Ya, pasó halloween... y tengo que confesar el cagazo que me mandé.

Mi hijo de 6 años llegó con un botín de dulces que ni el pirata Drake. Como buen padre responsable, le dije que tenía que inspeccionar los dulces por seguridad. Y bueno, aplicar el sagrado 'impuesto de papá'...

La cosa es que lo mandé a dormir y partí con mi 'inspección'. Un Sahne-Nuss por aquí, un Super 8 por allá... pero me entusiasmé. No sé en qué momento pasé de 'impuesto' a 'saqueo fiscal'. Me comí casi toda la primera línea de defensa de chocolates. Me fui al chancho mal.

A la mañana siguiente, desperté con la peor caña de azúcar de mi vida. Me dolía hasta el pelo.

Y ahí viene mi hijo, con su carita de ilusión, a buscar sus dulces. Su cara de '¿y qué pasó aquí?' fue un poema.

Tuve que meter la excusa más chanta de la historia: que las hormigas se habían hecho un festín. ¡Hormigas! En un piso 15.

No me creyó nada, obviamente. Tuve que prometerle una visita a la juguetería para compensar.

Así que nada, fui el rey de los dulces y hoy soy el esclavo de mi mentira. El impuesto de papá tiene sus límites, lección aprendida.



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