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Mi vida nunca fue fácil

Desde muy joven conocí el abandono, el dolor y las heridas que uno aprende a esconder con una sonrisa, a veces el alma se cansa, y uno busca refugio en donde puede... yo lo encontré en el alcohol, pensé que me ayudaba a olvidar, pero lo único que hacía era hundirme más.

Fui alcohólica durante muchos años. Mi vida era un torbellino de botellas vacías, noches sin memoria y lágrimas que nadie veía. De esas borracheras que no terminan en casa, sino en la calle, tirada, sin rumbo, sin fe.

Pero en medio de mi oscuridad siempre había alguien que me encontraba: el tío Manu. Así le decía de cariño. No era mi tío de sangre, pero lo sentía más familia que muchos de los que compartían mi apellido. Él también bebía, pero tenía algo que yo en ese tiempo no: un corazón noble, de esos que la vida maltrata, pero que nunca dejan de cuidar a otros.

Siempre aparecía, sin importar la hora o el lugar. Me levantaba, me tapaba con su chaqueta vieja y con su voz ronca me decía: “Vamos, cabra tonta, no te quedes aquí. No merecís esta vida.”

Nos íbamos juntos, a veces a su casa, a veces bajo algún techo para no mojarnos. Y ahí estábamos, dos almas rotas compartiendo una botella, una pena y un silencio que dolía más que el frío.

Una noche de octubre, llovía sin parar. El tío Manu no había bebido en todo el día, pero estaba mal... muy mal. Se retorcía de dolor, decía que el estómago lo mataba. Yo, entre alcohol y llanto, le rogaba que fuéramos al hospital, pero él solo murmuraba “Ya pasará, hija... ya pasará.”

A su lado estaba Pito, su perro. Un callejero fiel, tan noble como su dueño. Nunca nos dejaba solos, dormía entre nosotros como cuidándonos.

Esa noche me confesó algo, yo sabía que había fallecido su esposa e hijas pero esta vez me lo contó con detalles, detalles que me rompieron el alma. Que desde ese día empezó a beber, no para olvidar, sino porque no encontraba razones para seguir. Me dijo que sentía que ya no le quedaba mucho, que su cuerpo se estaba apagando.

Tres días después ya no podía levantarse. Lo cuidé como pude, sin beber, con el corazón apretado. Llamé a la ambulancia una y otra vez, pero nunca llegó.

Antes de irse me dijo: “Eres una buena chica. No naciste para morir en la calle. Prométeme que vas a salir de esto, que vas a vivir por los dos.”

Y se fue... así, suave, sin ruido, con la lluvia golpeando las latas del techo.

Cuando falleció... no supe qué hacer, no lloré al principio, solo me quedé mirándolo y no sé por qué, pero le lavé los pies no lo recuerdo bien, fue algo que simplemente hice en ese momento pensé que lo llevarían al hospital, que lo revisarían, que había que dejarlo limpio...

Pero con los años entendí que quizás fue mi forma de agradecerle de darle un último gesto de cariño por tantos años en los que me cuidó, me buscó, y no me dejó morir en la calle, creo fue mi manera de decirle “gracias” sin palabras.

“Que vas a vivir por los dos” esa frase se me quedó en mi alma...

En su funeral solo éramos cinco personas y su perro pito, estaba ahí sin moverse, como si entendiera que su alma ya no estaba allí. No recuerdo haber llorado tanto en mi vida, sentí que con él se iba la única persona que de verdad me había querido sin juzgarme.

Me quedé con Pito, porque fue lo último que me pidió. Dos meses después, también murió. Nunca quiso comer después que el tío Manu se fue. Dicen que los animales no entienden la muerte, pero yo sé que él murió de pena.

Después de eso, toqué fondo, recaí dos veces. Pero su voz, sus palabras, su mirada cansada, me seguían en cada trago que intentaba tomar, ya no era lo mismo la calle sin él, me sentía desprotegida, una suerte de miedo llegó a invadirme.

Un día simplemente no pude más, pedí ayuda a un pastor de una iglesia, encontré fe, y empecé a sanar, con el tiempo me cambie de comuna y comencé una nueva vida.

Hoy tengo muchos más años que aquel entonces, estoy completamente rehabilitada y llevo tres años con una pareja maravillosa, nunca tuve hijos.

Pero hay días como hoy... donde la memoria aprieta fuerte y el alma se hace chiquita.. (palabras del tío manu)

Hoy, en este momento, se cumple un año más desde que el tío Manu se fue, esperare que amanezca e iré a visitarlo, como cada año. Le llevare flores y una foto vieja de Pito que tengo.

Mi pareja no sabe de mi pasado me da mucha vergüenza contarle, no sabe ni de las calles, ni de Manu, ni de la promesa que me hizo cambiar. Pero yo lo llevo aquí, en mi corazón.

Porque no todos los ángeles tienen alas. Algunos usan chaquetas viejas, huelen a alcohol y te encuentran tirada en la calle solo para levantarte.. Y aunque nadie lo sepa... el tío Manu fue mi ángel.

Hoy en día estoy bien, formo parte de una organización de Ruta calle, donde prestamos ayuda a personas que lo necesitan.

De laboral, trabajo de manipuladora de alimentos en un hospital.

Gracias por leer esta larga historia doy fe que es cien por ciento real.



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