Imagínate la escena:
Estoy en la peluquería de barrio con mi hijo, mientras le cortaban el pelo. Yo tranquila en el sillón largo, en una punta, con un café en una mano y el celular en la otra, respondiendo cosas del trabajo (esa es la parte laboral). En la otra esquina del sillón había una señora, nadie al medio. Todo bien... hasta que de repente ¡CRACK! Se rompe la pata del sillón de mi lado y quedo con el poto en el suelo.
El café milagrosamente intacto (prioridades claras), el celular salió volando y, para rematar, terminé con la señora de la otra esquina arriba mío. Los tres peluqueros: uno salió a la calle a reírse, otro me recogió del suelo y el tercero sacaba a la señora de encima. Y yo, con la imagen grabada de mi hijo mirándome con cara de risa nerviosa, mientras yo le decía: “ríete no más, si fue chistoso”, para alivianar el momento.
Ahora tengo que volver este mes para el corte del niño, y me da una vergüenza enorme. No sé si llegar echando la talla del sillón (“oye, ¿ya reforzaron los muebles?”) o hacerme la wna y sentarme como si nunca hubiera pasado nada.
