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Jurel tipo salmón

Únicamente en Chile

En Chile somos los reyes del eufemismo. Lo disfrazamos todo. El “ya voy saliendo” significa que recién nos estamos amarrando los zapatos; el “lo estamos viendo” es sinónimo de jamás; y el “precio de lanzamiento” es el mismo de siempre, pero con un cartel fluorescente. Y en esa alquimia nacional, nuestro humilde y redondito héroe azul, el jurel, se convirtió en tipo salmón. Así, de la noche a la mañana, el obrero de los mares se vistió de terno barato y corbata torcida para codearse con los peces con pedigrí.

El “jurel tipo salmón” fue el intento más descarado de hacerle cirugía plástica a un pescado que siempre estuvo destinado a la humilde fritanga con puré instantáneo. Era como vender sopaipillas diciendo que eran “croissants de rescate”. Y ojo, no lo digo con desprecio: yo amo al jurel, sobre todo en esos tarros que abren con esa nostalgia metálica a campamento de playa con olor a bloqueador vencido. Pero una cosa es quererlo y otra es pretender que tiene el glamour de un sashimi en Las Condes.

Lo tragicómico es que ni siquiera supimos defender nuestra truchada patria. Llegó la caballa china, travestida en etiqueta de jurel, y nos dejó pagando. Nos robaron el invento: nuestro pescado con aires de grandeza quedó reducido a un recuerdo, como un cantante de festival de Viña que nadie invita de nuevo.

Pero así es el alma chilena: nos gusta disfrazar la pobreza con un poquito de brillantina. El barrio con rejas oxidadas se convierte en “condominio”; el departamento de 30 metros cuadrados se vende como “loft urbano”; la deuda de por vida en cuotas sin interés es “oportunidad”. Lo mismo con el pescado: no es jurel, es tipo salmón. Un detalle mínimo, un maquillaje semántico, pero suficiente para que la conciencia se calme y la billetera se sienta sofisticada por tres minutos.

Y claro, el jurel tipo salmón es casi un manifiesto cultural: queremos parecer, aunque sea un ratito, aunque nadie nos crea, aunque el olor a fritura nos delate. Queremos ser atunes, salmón noruego, wagyū, aunque en realidad seamos longaniza con mostaza de sobre. Pero ¿qué importa? En el fondo hay belleza en esa pretensión descarada, en ese querer aparentar, en esa comedia involuntaria de la sobrevivencia.

Bukowski diría que todo esto es patético, pero al mismo tiempo glorioso: un país entero jugando a ser lo que no es, brindando con vino en caja mientras se imagina burbujas de champán francés. Porque el jurel, al final, no tiene la culpa. Él nunca pidió ser salmón ni atún; con suerte pidió no tener tantas espinas. La mentira está en la etiqueta, en esa pulsión nacional de creer que si le cambiamos el nombre a la miseria, la miseria se vuelve gourmet.

El jurel tipo salmón es la metáfora perfecta: nos vendemos como país de jaguares, y apenas somos gatos flacos mirando el refrigerador vacío. Pero lo hacemos con estilo, con cara de póker, con la dignidad de quien se come un pan con margarina y lo llama brunch. Y si algún extranjero se ríe, da lo mismo: total, ellos jamás probarán un buen mariscal con jurel de tarro, ese lujo decadente que ni la caballa china nos podrá robar.

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