Amantes en la oficina
Nos conocimos en la oficina. Yo llevaba años, ella había entrado hace poco. No fue amor a primera vista, ni nada de eso. Fue algo que empezó en las pausas, conversar en la cocina, reírse más de lo necesario en medio de reuniones. Al principio me resistí, pensé que era una tontera, que uno no mezcla estas cosas con el trabajo.
Pero una tarde nos quedamos hasta más rato, terminando un proyecto. Cuando la oficina se vació, nos acercamos demasiado y fue inevitable. Después de eso no hubo vuelta atrás: buscábamos cualquier excusa para coincidir, para alargar la jornada, para meternos en una sala vacía.
Nadie lo supo jamás, al menos no oficialmente. Siempre nos cuidamos, siempre actuamos como dos compañeros más delante de los demás. Pero adentro de la oficina, cada vez que se cruzaban nuestras miradas, ya sabíamos que estábamos atrapados.
Los días eran normales: planillas, correos, reuniones. Las noches nos comían vivos. Y a veces, cuando la tensión era demasiada, el mismo trabajo se transformaba en la coartada perfecta.
Ella se fue antes, consiguió otra pega. Nos despedimos con un café frío en la esquina y nada más. No hubo fotos, no hubo promesas. Solo una intensidad que todavía se me viene encima cuando estoy frente al computador, mirando correos y recordando con quién los compartía en silencio.
Amantes, sí. en medio de una empresa donde todo era rutinario, lo único verdadero fue eso.