AL ritmo de los mineros
Tengo un puesto de comida afuera de una faena en Atacama. Vendo sopaipillas, empanadas y té. Trabajo con mi señora, partimos a las 5 de la mañana para alcanzar a tener todo listo cuando llegan los buses con los mineros.
La mayoría compra apurado, llevan el casco en la mano, piden dos empanadas y un café bien cargado. A veces ni siquiera me miran, pagan y se van corriendo al bus. Otros se quedan un rato, fuman, conversan, me cuentan que el turno estuvo pesado o que llevan semanas sin ver a la familia.
Hay días buenos que vendo todo, y otros en que apenas saco lo justo para reponer harina y aceite. Igual no me quejo, porque siempre algo se mueve. Lo que me sorprende es ver cómo cambian cuando salen: los que entran medio dormidos, vuelven después de 12 horas con la cara llena de polvo, los ojos cansados y lo único que buscan es un completo caliente para la carretera de vuelta.
Yo no tengo nada que ver con la mina, pero igual siento que vivo al ritmo de ellos. Si a ellos les va mal, a mí también.