La broma en la oficina
Trabajo en una oficina chica. Un día hice un comentario medio en broma sobre el jefe, nada grave, algo de que siempre llega atrasado pero igual se enoja si alguien más llega tarde. Lo dije riéndome, pensando que todos iban a reír conmigo.
Se rieron, sí. Pero alguien lo fue a contar. La semana siguiente el jefe me llamó a su oficina y, sin decirlo directamente, me dejó claro que sabía. Desde ahí todo cambió: ya no me saludaba igual, me revisaba cada cosa, y cualquier error chico lo hacía sonar grande.
Todo empezó con una risa. Algo que para mí era una broma tonta en el momento, ahora se convirtió en ese peso que me acompaña todos los días en la pega.
Y lo peor es que ni siquiera da para renunciar, porque necesito el sueldo. Así que sigo viniendo, respondiendo correos, acomodando papeles, y sintiendo que un chiste puede ser suficiente para hundir a alguien.
