Me estresa que me evaluen...
Me apena profundamente que tantas personas opinen sobre la docencia sin ser profesores. Nos tildan de “flojos” por tener dos meses de vacaciones, pero estoy segura de que muchos no tendrían la capacidad de tomar cuarenta decisiones en un minuto, atendiendo a cuarenta y cinco niños de seis años con necesidades distintas, mientras respondemos a apoderados que creen que somos sus empleados y que rara vez empatizan con nuestro trabajo.
Nuestro rol es enseñar y reforzar valores que deberían venir desde la casa, porque hay cosas que se aprenden ahí, no en la escuela. Ser profesor hoy es un desafío enorme: los niños pasan horas frente a dispositivos y luego llegan a una sala de clases sin el estímulo constante que les da una pantalla cada cinco segundos. Enfrentamos situaciones en las que recibimos golpes y patadas de estudiantes que se desregulan, y aun así, nada nos protege.
Además, estamos en constante evaluación, incluida la Evaluación Docente, que lejos de ser un apoyo real, se convierte en una fuente más de estrés. Y aunque tengo una muy buena categoría, es evidente que es un sistema lleno de burocracia y apariencias, una farsa que no refleja la realidad de nuestro trabajo diario.
La falta de empatía hacia el profesorado es alarmante. Muchos padres nos exigen más de lo que ellos mismos hacen por sus propios hijos. Y no, no es solo una “vocación”: es un trabajo que requiere esfuerzo, formación, energía y equilibrio emocional, y que sufre una preocupante falta de valoración. Esos dos meses de vacaciones no son un lujo; son el tiempo mínimo para recuperarnos mental y emocionalmente de todo lo que enfrentamos durante el año.
