El saludo
Trabajo en un supermercado en Punta Arenas. Siempre pasaba un caballero mayor con muletas. No hablaba mucho, solo sonreía y saludaba. En invierno dejaba de venir por el frío.
Un agosto, cuando volvió, me dijo: “Pensé que no me ibas a recordar”. Yo le respondí que claro que sí, que siempre esperaba verlo entrar.
Me contó que después de cada ida al supermercado se quedaba en la plaza mirando las gaviotas, y que ese era “su momento de felicidad del día”.
A veces uno no sabe que dos palabras pueden cambiarle la vida a alguien... y la tuya también.
