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Trabajaba en una empresa de transporte en Arica. Todo tranquilo, buen clima, buena gente. Yo estaba de encargado de bodega, conocía a todos: choferes, administrativos, hasta los del puerto.

Un compañero de reparto siempre decía que su sueño era comprarse una moto para ir por la costanera y “sentir el viento de Arica”. Se mataba trabajando, hacía turnos de más, nunca reclamaba. Entre ahorros y un crédito, se compró la moto nueva en diciembre.

En febrero, en plena temporada alta, un camión no respetó un ceda el paso en la Avenida Capitán Ávalos. Él iba en la moto. Nos avisaron en la tarde: murió en el hospital antes de que llegara su familia.

En la empresa, a la semana ya habían contratado a otro. Sus cosas las metieron en una caja. El crédito de la moto lo quedó pagando la mamá.

En la pega todos seguimos haciendo rutas como siempre. Y ahí uno entiende: da lo mismo si eres responsable, querido o soñador. Así como llega el viento en Arica, se va. Y nada es eterno.



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