El Viejo Pascuero de la bodega
Trabajo en un puerto en Talcahuano. En diciembre llegó un suplente para unas semanas. Hombre callado, grande, manos gastadas, parecería cualquier estibador más.
Un día, en la hora de almuerzo, lo vimos guardando cosas en bolsas: galletas, jugos, pan que sobraba del comedor. Algunos pensaban que era para vender.
Le pregunté. Me contó que en la población donde vive, para Navidad se viste de Viejo Pascuero y reparte lo que pueda juntar a los vecinos. Que no tiene hijos, pero dice que “con un regalo se salva la noche de muchos cabros”.
La noche del 24 nos organizamos entre varios y le llevamos cajas llenas de juguetes y dulces. Me mandó una foto: él, con un traje rojo viejo, regalando una muñeca a una niña con la sonrisa más grande que he visto.
Ahí me di cuenta de que a veces el que menos habla es el que más hace.
