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Un intercambio justo

Ese día todo pintaba relativamente bien. Iba tranquilo en el bus, lo cual ya es una victoria para cualquiera que viene cabriao de la pega. Pero no solo iba tranquilo: ¡iba sentado! Y no en cualquier asiento, no señor... ¡iba en el asiento del vidrio! Ese que es como el VIP del transporte público. Una joyita.

En eso, se sube un compadre a vender golosinas. De esos que ofrecen tres por mil (un dólar pa’ los internacionales). Le compré, porque uno es pobre, sí, pero no miserable. Mientras los estoy comprando se sienta a mi lado una chiquilla joven con su bendición en brazos. Estaba gurdando las golozinas en la mochila con cariño, eran dos para mis sobrinas (uno para cada una) y uno para mi... ibamos a compartir un momento lindo de tio y sobrinas, golosinas y algo pa que bajen las golosinas: un te pa mi y leche para ellas,¿que mejor panorama que ese? lo tenia todo calculado...

El chiquillo, no mayor de dos años, parecía inocente. Pero era un ninja disfrazado. Apenas me vio guardando las golosinas, estiró su manito con una velocidad que Flash estaria envidioso, y ¡pum! Me quitó una y se la metió a la boca como si fuera suya de toda la vida. Ni me miró. Como si dijera: “así funciona la calle, hermano”.

La mamá, pobre, quería desaparecer. Estaba más roja que tomate en oferta. Yo me aguanté la risa con dignidad, aunque por dentro ya estaba escribiendo esta historia.

Y como soy curioso, dejé la mochila medio abierta. A ver qué hacía el bandido. Obviamente, metió la manito buscando más. ¡Más! El mini-delincuente era ambicioso. Y sin culpa alguna. Si pudiera hablar, seguro decía: “¿Saca los otros o llamo a mi pandilla de la granja de zenon junto a los polpatron y ahi va a quedar la patá....?”

Ese día no me robaron una golosina. Me devolvieron la risa, que andaba extraviada entre las vueltas del día a día.



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