Mi primer amor...
Tenía 18 años. Mi primer trabajo de verdad fue como acomodador en un supermercado Líder durante unas vacaciones de verano. Un trabajo fome, agotador, donde mi mayor logro era hacer torres de latas de atún sin que se cayeran.
Y ahí estaba ella... Se llamaba Javiera y era cajera. Para mí, no era una simple cajera. Era la dueña del pasillo 5, la reina de la caja... y la única razón por la que yo me ofrecía voluntario para ordenar los chocolates y las galletas que estaban justo frente a su caja.
Era mi primer amor. De esos de verdad, de los que te aprietan el estómago y te hacen sentir como un completo idiota cada vez que estás cerca. Yo, con mi uniforme dos tallas más grande y mi cara de acné, sentía que ella estaba en otra galaxia.
Mi única interacción con ella era cuando, al final de mi turno, compraba una bebida y un chocolate. Siempre iba a su caja, aunque tuviera la fila más larga. En mi mente, ensayaba conversaciones geniales, frases ingeniosas. En la realidad, cuando llegaba mi turno, todo lo que lograba decir era un 'hola' que sonaba como si me estuviera ahogando. Ella me sonreía, pasaba mis cosas y me decía 'que estés bien'. Y con eso, yo tenía para ser feliz toda la semana.
El verano se estaba acabando y el contrato que era por el verano... Sabía que era ahora o nunca. El último día, escribí mi cuenta de MSN Messenger (sí, así de viejo soy) en un papelito arrugado. Lo tuve en el bolsillo todo el día, sudando.
Al final del turno, hice la fila en su caja por última vez. Mi corazón latía tan fuerte que estaba seguro que se escuchaba en todo el supermercado. Cuando me pasó el vuelto, con un movimiento torpe y sin mirarla a la cara, le pasé el papelito.
'Chao...', le dije, y salí corriendo del local como si hubiera robado algo.
Nunca me agregó... Nunca más la vi... Hasta ayer.
Doce años después, entré a ese mismo supermercado a comprar pañales para mi hija. Estaba en la caja rápida, pagando con el celular, sintiéndome como el adulto responsable que se supone que soy.
Necesita bolsa, señor?, me preguntó una voz.
Levanté la vista. Era ella. Javiera. Con el mismo uniforme, la misma sonrisa cansada pero amable, y unas pequeñas arrugas al lado de los ojos que no estaban antes.
Me quedé paralizado por un segundo. Ella me miró, esperando mi respuesta. No me reconoció. Para ella, yo era solo otro cliente más en un mar de clientes. Un rostro anónimo, igual que ella lo fue para miles de personas, pero no para mí.
'No, gracias. Que esté bien', le dije, y esta vez no me ahogué.
Salí del supermercado y me senté en el auto un rato. No estaba triste. Me sentí extrañamente agradecido... Esa chica fue mi primer motor, la primera razón por la que me arreglé un poco más para ir a una pega que odiaba. Fue el primer riesgo que tomé por algo que no era una nota en el colegio.
A veces, el primer amor no es una persona. Es el recuerdo imborrable de quiénes éramos cuando nos atrevimos a sentir algo tan fuerte por primera vez. Y eso, ninguna empresa te lo puede quitar...
