La maquina de escribir
Necesito contar esto porque no sé si me estoy volviendo loco o si de verdad pasó.
Trabajo como diseñador en una agencia que arrienda una casona antigua en Providencia. De esas con piso de parqué que cruje, techos altos y un olor a madera y a tiempo que no se va con nada. Todos en la pega tiran la talla de que 'la casa tiene sus mañas': luces que parpadean, puertas que se cierran solas. Lo típico que uno atribuye a la corriente de aire o a la instalación eléctrica vieja.
La semana pasada me tuve que quedar hasta tarde, casi hasta la medianoche, para terminar una entrega urgente. Estaba solo en el segundo piso. Silencio total, solo el zumbido de mi computador.
Tipo 11, empecé a sentir frío. Un frío raro, denso, como cuando abres un congelador. Pensé que era sugestión. Me puse la chaqueta y seguí en lo mío.
Fue entonces cuando lo escuché...
Desde el pasillo, el sonido claro y rítmico de una máquina de escribir. No un teclado de computador. Una máquina de escribir antigua, con el clac-clac-clac metálico y el shiiing del carro al volver.
Me quedé helado. Mi primer pensamiento fue que algún creativo se había comprado una máquina de escribir por moda y se había quedado trabajando. Con la media perso, salí a mirar...
El pasillo estaba oscuro y vacío. El sonido se detuvo en el instante en que abrí la puerta.
Volví a mi puesto, con el corazón a mil, diciéndome que era el cansancio. Pero ya no podía concentrarme. Tenía la sensación constante de que alguien me observaba desde la puerta.
Junté mis cosas para irme. Apagué el computador y, en el reflejo de la pantalla negra, lo vi. Por una fracción de segundo, vi una figura de pie detrás de mí. No era clara, era como una mancha de sombra más oscura que la oscuridad del pasillo.
No grité. No hice nada. El miedo me paralizó. Me levanté lentamente, tomé mi mochila sin dar la espalda a la puerta y caminé hacia las escaleras sin mirar atrás.
Cuando llegué al primer piso, el guardia nocturno, un caballero mayor que lleva años ahí, me vio la cara de pánico.
'¿Todo bien, joven?', me preguntó.
Le conté lo que pasó, esperando que se riera de mí. En cambio, su cara se puso seria. Asintió lentamente y me dijo en voz baja:
'Ah. Escuchó a don Aníbal'.
Le pregunté quién era don Aníbal.
'El dueño original de la casa', me respondió, mientras abría la reja para que saliera. 'Era escritor. Murió en el escritorio que ahora usan ustedes de sala de reuniones. A veces se pone a trabajar de noche. No se preocupe, nunca le ha hecho nada a nadie. Solo le gusta que sepan que sigue aquí'.
Desde ese día, no me quedo ni un minuto después de las 7 de la tarde. Filo con las entregas urgentes. Que don Aníbal haga la pega si quiere.
