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Solo un numero

Hoy me despidieron. Después de 15 años en la misma empresa.

No fue por un error, no fue por bajo rendimiento. Fue por 'necesidades de la empresa', la frase más vacía y cobarde que existe.

Lo que realmente me rompió no fue la noticia, sino quién me la dio. Fui a la oficina de mi gerente, con quien he compartido almuerzos, asados de fin de año y hasta funerales familiares. Esperaba un mínimo de decencia, quizás un 'lo siento, no pude hacer nada'.

En cambio, se sentó detrás de su escritorio, sin mirarme a los ojos, y empezó a leer un guion que claramente le había preparado Recursos Humanos. Hablaba de 'optimización de recursos', 'nuevos desafíos del mercado' y otras estupideces corporativas.

Mientras él hablaba, yo no escuchaba sus palabras. Solo miraba la foto que tenía en su escritorio. Una foto de su familia en la playa, sonriendo. Una foto que yo mismo le tomé el verano pasado, en un paseo de la empresa que yo organicé.

Me di cuenta de que para él, yo ya no era una persona. Era un número en una planilla de Excel, una celda que había que eliminar para que el resultado final cuadrara. Los 15 años de lealtad, las noches que me quedé hasta tarde para salvarle un proyecto, los favores personales... todo se borró en cinco minutos de jerga corporativa.

Cuando terminó su monólogo, finalmente levantó la vista y me preguntó si tenía alguna duda.

'Sí', le dije. '¿Vas a seguir usando el taladro que te presté el mes pasado o me lo devuelves ahora?'.

Su cara se descompuso. Fue el único momento de toda la conversación en que vi a la persona y no al gerente. No dijo nada.
Salí de su oficina, firmé el finiquito y me fui. No me despedí de nadie.

No siento rabia. Todavía no. Solo un vacío inmenso. La sensación de que dediqué un tercio de mi vida a construir algo que, al final, no valía nada. Y el dolor de saber que la amistad en la pega tiene fecha de vencimiento: el día en que dejas de ser útil.



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