Ahora me toca
Mi papá se llama Hugo. Por cuarenta años, él estuvo trabajando en una fábrica de plásticos. Salía de la casa cuando todavía era de noche y solía volver cuando nosotros ya estábamos terminando de comer. Nunca pudimos escucharle una queja. Su vida entera era para nosotros: para que tuviéramos comida, para que pudiéramos estudiar, para que nunca nos faltara nada.
Pero él siempre estuvo guardando un sueño muy pequeño, casi secreto. Él quería tener un quiosco.
Nosotros a veces nos reíamos. Le decíamos que él debería querer algo más grande, un negocio de verdad. Pero él solo negaba con la cabeza y nos decía: “No, a mí me gustaría estar conversando con la gente todo el día”.
Cuando yo, la menor de tres hermanos, terminé de estudiar y encontré trabajo, se sintió como que una etapa se cerraba. Una noche, mi papá nos juntó en la mesa y nos dijo: “Bueno, creo que ahora me toca a mí”.
No pudimos entender mucho al principio. A la semana, ya estaba arrendando el pequeño local de la esquina, el que llevaba años cerrado. Lo fue pintando él mismo durante un fin de semana completo. De a poco, lo fue llenando con diarios, revistas, dulces y bebidas.
Y entonces, mi papá empezó a cambiar. El hombre callado y cansado que solía llegar de la fábrica, comenzó a desaparecer. En su lugar, apareció 'Don Hugo', como le dicen ahora en el barrio. Un hombre que sonríe todo el día.
El otro día tuve que pasar por ahí a comprar algo. Me quedé mirándolo desde lejos sin que se diera cuenta. Estaba conversándole a una vecina sobre sus plantas, mientras le estaba dando un dulce a un niñito que apenas alcanzaba el mostrador.
Ahí, en ese momento, lo comprendí todo. Él no era un empresario ni un gerente. Era solo mi papá, en su pequeño quiosco. Pero yo nunca lo había podido ver tan completo, tan dueño de su propio mundo.
Él estuvo esperando toda una vida para ser feliz. Y su felicidad no era viajar por el mundo ni tener un auto lujoso. Su felicidad era esta: un mostrador lleno de dulces y el “buenos días” de sus vecinos.
