Carta para dejarte ir
No sé en qué momento exacto empezó. Solo sé que un día me di cuenta de que pensaba en ti más de lo que debería... y desde entonces no he podido sacarte del todo de mi cabeza.
No fue por algo que dijiste o hiciste, ni siquiera por cómo te veías. Fue algo más sutil. Una sensación de cercanía, de conexión tranquila. Como si sin proponértelo, te hubieras quedado en un rincón silencioso de mí.
Me descubrí esperándote. Buscándote con la mirada. Sonriendo después de hablar contigo. Pensando en ti cuando no tocaba. Y mientras todo eso pasaba, yo seguía siendo quien soy: esposo, padre, jefe. Alguien que ama profundamente su vida y lo que ha construido. Y aún así... te pensaba.
No me siento orgulloso, pero tampoco me quiero castigar por esto. No hice nada malo, solo sentí algo que no busqué. Algo que me sorprendió. Y en cierto sentido, algo que me hizo bien, aunque también me doliera.
Porque sentirte cerca me hizo recordar que todavía puedo emocionarme, que no estoy dormido por dentro. Que todavía algo puede conmoverme.
Pero hoy necesito soltar esto.
No porque lo que sentí no haya sido real, sino porque sé que no tiene lugar. Porque no quiero vivir dividido entre lo que siento y lo que elijo. Porque no quiero cargar con esta emoción que no va a crecer.
Así que te dejo ir.
Con cariño. Con respeto. Con agradecimiento. Porque aunque nunca lo sepas, fuiste un reflejo que me ayudó a mirarme un poco más profundo. Y eso no se me olvida.
Pero ahora vuelvo a mí. A mi vida, a mis afectos, a lo que elijo cada día.
Y te dejo ir.
