El hoyo
Mi polola llevaba semanas pidiendo una repisa en el baño para poner sus cremas. Y yo, en un ataque de masculinidad y para ahorrarme unas lucas, le dije: 'Tranquila, mi amor. Yo la instalo'...
Mi experiencia previa? Cero... Mi nivel de confianza? Por las nubes. Vi un video de cinco minutos en YouTube que lo hacía parecer tan fácil como preparar un café. Qué tan difícil puede ser?... ah!
El sábado, conseguí un taladro, compré los tarugos y la repisa. Me sentía poderoso, un verdadero maestro chasquilla. Mi polola me miraba con una mezcla de amor y terror.
Marqué la pared con una cruz perfecta. Puse la broca. Respiré hondo, como los deportistas antes de la gran jugada, y empecé a taladrar.
El ruido fue raro. No era el típico sonido de ladrillo rompiéndose. Era un 'ñiiic' más suave, como si estuviera perforando algo blando. No le di importancia. 'Muro moderno', pensé.
Cuando saqué el taladro para admirar mi hoyo perfecto, noté que la pared alrededor estaba un poco húmeda. 'Qué raro', dije.
Y entonces, del hoyo empezó a salir un chorrito de agua... y en cinco segundos, un chorro... Le había dado justo a una cañería.
Entré en un pánico que no sentía desde que casi me eché un ramo en la universidad. Lo primero que atiné a hacer fue tapar el hoyo con mi pulgar. Pésima idea. El agua me salía por los lados, mojándome la cara.
Terminé llamando a un gásfiter, que llegó en veinte minutos con cara de 'otro más'. Se rió por lo bajo, cortó el agua, y arregló el desastre en cinco minutos. Me cobró un ojo de la cara por la 'visita de emergencia'.
Hoy, el baño tiene una fea mancha de humedad y un parche de yeso donde debería haber una repisa. La repisa sigue en el suelo, en su caja.
Y mi polola tiene un nuevo poder: cada vez que discutimos por algo, me mira y dice:... Estás seguro? Acuérdate de la repisa...
Gana ella. Siempre.
