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Desde el sur

Llegué a Santiago con una mochila y un par de ilusiones... como dicen... Venía del sur, del campo, donde la vida es más lenta, el pan es casero y todos se saludan por su nombre. Acá, todo es distinto. El ruido, la prisa, la gente con la mirada en el suelo. A veces siento que me tragué un mundo que no era para mí.

Trabajo todo el día... Aseo en las mañanas, ayudante de cocina por las tardes. Los pies me duelen, los brazos también, pero lo que más pesa es el corazón. Extraño mi casa, el olor a leña, los mates con mi mamá, los amaneceres entre neblina y pasto mojado.

A veces lloro sola. Me siento en la pieza que arriendo, cierro los ojos y me imagino corriendo por los cerros, sin horarios, sin metro, sin tacos. Pero después respiro hondo, me seco las lágrimas y sigo. Porque todo esto lo hago por los míos. Por mi familia, por mis hijos, para que no les falte nada...

Sé que no será para siempre. Estoy ahorrando, peso a peso. Y aunque me cueste la vida, algún día volveré al sur. Quiero poner un negocio chiquito, quizás criar gallinas, vender mermeladas, algo tranquilo. Lo único que sé es que cuando vuelva, será con la frente en alto.

Porque aunque me haya costado el alma, no me rendí.



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