Un hombre viejo
Hola. Mi nombre aparece de vez en cuando en emol, o el Diario Financiero. Soy un tipo de 50 y tantos años al que, objetivamente, le fue bien. Construí una empresa, tengo una familia. Mi vida ha sido ordenada, predecible. Pero siempre hubo una historia pendiente, una herida que nunca sanó: mi padre.
Él se fue de casa cuando yo tenía cinco años. Simplemente desapareció de mi vida cotidiana. Lo vi un par de veces, en ocasiones puntuales. Recuerdo verlo a lo lejos en mi graduación del colegio y sentir una rabia profunda. Él no era parte de mis logros, no había aportado en nada. Era solo una figura ajena.
Hace unas semanas, un familiar me avisó que estaba enfermo. Tiene más de 70 años, vive solo y su salud está muy delicada. Y aunque una parte de mí, quizás el niño de cinco años, sintió indiferencia, el hombre que soy ahora no pudo ignorarlo. Yo no soy como él. Decidí ir a verlo.
Llegué a una casa pequeña y muy modesta. En una cama, vi a un hombre que apenas reconocí, muy delgado y frágil. Conversamos de cosas sin importancia, del tiempo, de la televisión. El aire estaba tenso. En un momento, me hizo un gesto hacia una caja de zapatos que estaba en su velador.
'Ese', me dijo con un hilo de voz, 'es mi único tesoro'.
Pensé que encontraría viejas fotografías, algún recuerdo familiar. La abrí. Adentro, doblados con un cuidado casi obsesivo, había recortes de diario. Decenas. Y en todos salía yo. Cada entrevista en LUN o La tercera, cada pequeña nota sobre mi empresa...
'Te he seguido siempre, hijo', me dijo, y por primera vez en mi vida, le vi los ojos húmedos. 'Cada vez que sales en el diario... no te imaginas el orgullo que siento. Ver el hombre derecho en el que te convertiste... a pesar de mí'.
Yo no supe qué decir. Sentí un nudo en la garganta que apenas me dejaba respirar.
'Fui un cobarde', continuó. 'Tomé malas decisiones cuando joven, me equivoqué en lo más importante. Y mi peor error fue irme, dejarlos solos'.
Hizo una pausa, como buscando fuerzas. 'No quiero nada de ti', me aseguró. 'Ni tu ayuda ni tu dinero. Es muy tarde para eso. Solo quería pedirte, si es que algún día puedes, que me perdones. Por no haber sido el padre que te merecías'.
Salí de esa casa y caminé sin rumbo por varias cuadras. Por cuarenta y cinco años, mi historia sobre él fue simple: era un mal hombre y yo había salido adelante a pesar de su ausencia. Pero esa caja con recortes de diario, ese viejo pidiendo perdón... rompieron esa historia en mil pedazos. Y ahora, por primera vez, no sé qué historia contar.
