Sin mi no son nada!
Hace 11 años me echaron de una empresa internacional.
¿La razón? Muy simple: descubrí que mi jefe estaba haciendo chanchullos financieros y tuve la osadía de decirlo. Me despidió él mismo.
Claro, a las dos semanas lo echaron a él también. Pero ya era tarde: mi finiquito estaba firmado y el daño hecho.
Era fines de abril. Me quedé sin pega y me puse a ver partidos de Champions. En una de esas transmisiones mencionaron la famosa maldición de Béla Guttmann al Benfica. Me hizo tanto sentido, que decidí aplicar el mismo principio.
Antes de irme, lancé mi propia maldición:
“Esta estación experimental no se va a levantar nunca más.”
Y adivinen qué pasó...
Después de mí (seis años trabajando ahí), pasaron más de ocho gerentes en menos de tres años. Duraban menos que un yogur. La media era cuatro meses.
La estación se fue al carajo. Año tras año peor.
Al noveno año: cerrada.
Al décimo: vendida.
Fin del experimento.
Hoy, viendo en el mundial de clubes al Benfica con Boca me acordé de la maldición de Guttmann... Y no puedo evitar pensar una cosa:
Mi maldición también funcionó.
