Sin licencia fantasma...
A finales de los 90, trabajaba en una oficina donde uno de mis colegas era fanático del fútbol, de esos que no se pierden ni los partidos de repechaje. Cuando llegó el Mundial de Francia ‘98, el hombre tenía un dilema moral: o iba a trabajar como todos... o veía los partidos en casa, como todo hincha de verdad.
Y eligió lo segundo... Pero no lo hizo con una licencia “fantasma”, no. Le dio una patada (literal) al borde de una mesa. Resultado: dos dedos del pie fracturados, incluyendo el dedo gordo. Yeso, muletas y tres meses de licencia médica. No podía caminar, ni menos trabajar.
Lo curioso es que, viéndolo hoy, me parece que su acción —. aunque completamente deliberada — al menos tenía una cierta ética. Estaba efectivamente lesionado, y asumió el costo físico de su decisión. No fingió depresión, no presentó certificados de dudosa procedencia ni se fue de viaje a Miami.
Se fracturó con dignidad futbolera... Y no volvió a faltar a ningún partido.
