Reestablecer contraseña

La dirección de correo electrónico está asociada a tu cuenta.

¿Por qué registarse?

Full Confession Control

Actualizar / eliminar o editar tus confesiones.

Notificaciones

Suscríbase para recibir notificaciones por email con las respuestas a tus confesiones.

Publicidad

¿Quieres publicitarte con nosotros? Comienza creando una cuenta.

¿Tienes alguna confesión laboral?

El nombre es opcional o puedes poner un seudónimo si lo deseas.

Amen con locura.

Vivo con cáncer hace dos años.

Recuerdo perfectamente el día en que me lo dijeron. Fue poco después de que compramos la casa. La primera casa para los tres. Nuestro lugar. Lleno de planes, de risas, y donde nuestra hija de 7 añitos tendría sus recuerdos junto a nosotros. Sus papás.

Yo estaba feliz. Por fin íbamos a crear nuestro lugar seguro. Pero justo ahí, entre medio de nuestra felicidad estaba escondido el cáncer. Llegó a hacer presencia como una bomba en medio de todo. Sin pedir permiso, sin dar tiempo para prepararse. Llegó a patearme en el suelo, a arrasar con cada rincón de esa felicidad que con tanto amor construimos.

Desde entonces, la lucha ha sido brutal.
He pasado por quimios, operaciones, días enteros sin poder moverme. He llorado en silencio mientras mi hija jugaba al lado mío sin saber que su mamá se estaba desvaneciendo. La he visto crecer entre médicos, remedios, pañuelos y camas de hospital. Y a pesar de todo ella sigue sonriendo. Sigue creyendo que me voy a mejorar. Que todo va a estar bien.

Pero hace unas semanas esa luz de esperanza se apagó, me dijeron que ya no hay tratamiento posible. Que esto es lo que hay. Que solo queda esperar.
Y estoy tan cansada. Tan asustada.

Grabo videos para mi hija cada vez que tengo un poco de fuerza. Le hablo como si estuviéramos tomando desayuno juntas. Le digo que la amo, que es valiente, que no se deje apagar por el dolor. Que no me busque en los lugares tristes, que me recuerde en las cosas simples, en las canciones que le gustan, en su olor favorito, en medio de cada risa, que ahí estaré yo.

Mi pareja… su papá…
No sé cómo explicarlo. Él está haciendo todo. Todo. Está resistiendo como un árbol en plena tormenta. La lleva al colegio, nos cocina, le prepara sus cosas, juega con ella aunque esté destrozado. Lo veo intentar ser fuerte por las dos. Pero también lo veo irse al baño y llorar. A veces llora tan bajito que me dan ganas de gritar de la rabia, de la impotencia, de no poder abrazarlo y decirle que todo estará bien, cuando sé que no lo estará.

Anoche mientras iba al baño lo escuché decirle a nuestra hija, con la voz quebrada,
“Cuando la mamá ya no esté, yo te voy a abrazar el doble”

Me tapé la boca para no llorar fuerte. Porque ese fue uno de los momentos más desgarradores que he vivido.
Y porque sé que lo va a hacer. Sé que va a abrazarla el doble, el triple… aunque por dentro se esté rompiendo.

Yo no le tengo miedo a la muerte. Le tengo miedo a dejar tanto amor huérfano. A que mi hija se sienta sola. A que el tiempo borre mi voz de su memoria. Que un día no recuerde cómo olía mi abrazo, o cómo le hacía cariños en la espalda para que se durmiera. Me voy sabiendo que no la voy a ver crecer. No voy a estar cuando le guste alguien por primera vez. No voy a estar cuando tenga miedo. No voy a estar cuando necesite un abrazo de su mamá.

Este cáncer no solo me está matando a mí. Está dejando dos corazones rotos. Un papá desbordado. Una niña demasiado pequeña para entender por qué su mamá se tiene que ir.

Siempre me pregunto, porque a nosotros, si no le hacíamos daño a nadie, me arrancaron de esta vida justo cuando más quería vivirla.

Como consejo, amén con locura. No se guarden los “te quiero”. No posterguen los abrazos. Porque a veces, el tiempo no avisa. A veces, simplemente se acaba.



No te reprimas. Completamente anónimo.

Suscríbete a nuestra lista de correo.

Ingresa tu email y te mandaremos las últimas confesiones
Nosotros valoramos tu privacidad, nunca compartiremos tu correo con nadie.