Los de contabilidad mantemos a flote la empresa.
Trabajo en contabilidad. Sí, esa área invisible que mantiene a flote a la empresa mientras todos los aplausos se los lleva la “realeza” de ventas. No, no soy amarga. Solo tengo ojos. Y memoria.
La empresa va bien, gracias. Ordenada, rentable, con procesos estables. Pero por algún motivo místico—que seguramente se estudia en Hogwarts y no en ingeniería comercial—los vendedores son tratados como si hubieran inventado el fuego. No importa si llegan tarde, si hacen escándalos en la oficina, si pierden documentos o si tratan a otros colegas como si fueran sus asistentes personales. Ellos venden. Y eso, al parecer, los hace intocables
Vi cómo echaron a una compañera mía por un error contable menor, que encima ella misma detectó y reportó antes del cierre. Pero claro, "generaba desconfianza". En cambio, uno de los vendedores estrella—al que no quiero nombrar porque Dios guarde el teclado que ose escribir su nombre—le gritó a una clienta en pleno pasillo, perdió un contrato de seis cifras, y fue sorprendido revisando el WhatsApp de su jefa durante una reunión. ¿Consecuencias? Le subieron el bono porque “igual cumplió con el trimestre”.
Lo peor es que todos sabemos que ese “éxito” viene de prácticas que rayan en lo oscuro: venderle a clientes que claramente no entienden lo que están contratando, prometer cosas que después nosotros tenemos que ver cómo se ajustan al presupuesto real. Y ahí estamos nosotros, los esclavos del Excel, haciendo magia para cuadrar los números después de que el genio del área comercial vendió otro castillo en el aire.
Pero si tú dices algo, eres “conflictiva”. Te recomiendan respirar profundo, practicar gratitud, y aceptar que "cada área tiene su naturaleza". Claro, y la de ventas es la inmunidad diplomática, aparentemente.
Estoy considerando seriamente cambiarme a ventas. No tengo experiencia, pero al parecer basta con saber sonreír, exagerar todo y tener cara de “soy indispensable aunque no sepa usar el correo”. Si eso no es talento, no sé qué lo es.
O tal vez no. Tal vez me quede acá en contabilidad, viendo cómo se cae todo, para tener el placer de ser yo quien haga los ajustes contables cuando el "intocable" de turno provoque la próxima crisis.
