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Somos como somos

La vida me golpeó fuerte desde joven. A los 18, me convertí en madre soltera, sin un techo seguro y con el peso de la responsabilidad sobre mis hombros. La violencia era mi pan de cada día, las palabras hirientes y los golpes me hacían sentir pequeña e insignificante. Pero dentro de mí, una chispa de esperanza se negaba a apagarse.

Mis hijos, mis pequeños guerreros, eran mi motor. Sus sonrisas, sus abrazos, me daban la fuerza para seguir adelante. Trabajé en lo que pude, limpiando casas, vendiendo comida, cualquier cosa que me permitiera llevar un plato de comida a la mesa. Las noches eran largas y solitarias, pero siempre encontraba un momento para abrazar a mis hijos y decirles que todo estaría bien.

Poco a poco, fui aprendiendo a defenderme. Me uní a grupos de mujeres, aprendí sobre mis derechos, sobre la importancia de la autoestima. Descubrí que no estaba sola, que muchas mujeres habían pasado por lo mismo y habían logrado salir adelante.

Con esfuerzo y dedicación, logré terminar mis estudios. Conseguí un trabajo estable, un pequeño departamento donde mis hijos y yo podíamos sentirnos seguros. La violencia quedó atrás, como un mal recuerdo. Mis hijos crecieron, se convirtieron en hombres y mujeres de bien, y yo, finalmente, pude sentirme orgullosa de la mujer que me había convertido.

Mi historia no es única, es la historia de muchas mujeres que luchan cada día por un futuro mejor. Somos resilientes, somos fuertes, somos capaces de superar cualquier obstáculo. Y juntas, podemos construir un mundo donde la violencia y la vulnerabilidad sean solo un mal recuerdo.



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