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Usted no sea flojo

En el pasado, la gente veía la vida como algo realmente difícil, una lucha constante contra problemas que no se podían evitar. Era una idea aceptada: nacer significaba enfrentar adversidades como enfermedades, hambre o desastres naturales, y nadie cuestionaba que así eran las cosas. Sin embargo, con el paso del tiempo, especialmente a partir de los avances tecnológicos y el crecimiento del capitalismo, apareció una nueva perspectiva. Se empezó a pensar que el mundo tiene suficientes recursos para que todos vivan bien, que la abundancia está ahí, al alcance de quien la busque. Este cambio trajo consigo una promesa: si trabajas y te esfuerzas, puedes tener una vida cómoda.

Pero no todo el mundo lo logra, y ahí es donde las cosas se complican. Cuando alguien no tiene éxito o enfrenta problemas, no siempre está dispuesto a mirar hacia adentro y asumir que quizás sus decisiones o su falta de esfuerzo tienen algo que ver. En cambio, las personas que menos se esfuerzan tienden a buscar culpables fuera de sí mismas. Dicen que el problema está en las leyes, que no son justas ni protegen a los más débiles. O apuntan a los jefes, diciendo que son crueles y solo piensan en su beneficio. También señalan a los ricos, acusándolos de acaparar todo y dejar migajas para los demás. Es más fácil echarle la culpa a algo o alguien externo que aceptar que la vida, por sí misma, es un camino lleno de obstáculos y que mucho depende de cómo cada uno decide enfrentarlos.

Este cambio en la forma de pensar no pasó de la noche a la mañana. Se puede decir que tomó fuerza en el siglo XX, cuando los movimientos sociales comenzaron a hacer ruido sobre las desigualdades y las injusticias. Y sí, es cierto que hay sistemas y estructuras que complican las cosas para algunos más que para otros. Esa lucha por un mundo más justo también trajo un efecto secundario: mucha gente empezó a sentirse cómoda dejando de lado su propia responsabilidad. Se volvieron expertos en señalar con el dedo, en decir que todo es culpa de los demás, en lugar de ponerse a trabajar en lo que sí pueden controlar.

Entonces, Qué pasó con esa idea vieja de que la vida es dura y que cada quien tiene que hacerse cargo de su destino? Parece que se fue diluyendo. Hoy en día, con tanta conexión y tanta información, vemos las diferencias entre ricos y pobres más claras que nunca, y eso alimenta la tentación de culpar a los de arriba. Pero la verdad es que la vida no ha dejado de ser complicada. Sigue siendo un desafío, con o sin abundancia. Y aunque las circunstancias externas juegan un papel, al final del día, lo que marca la diferencia es cómo cada persona decide levantarse y enfrentar lo que viene. El problema es que no todos quieren aceptar esa parte, y algunos prefieren seguir buscando excusas en lugar de tomar las riendas.



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