Abriendo los ojos
Desde la antigüedad, el Estado ha sido presentado como el garante del orden, la justicia y el bienestar común. Sin embargo, una mirada crítica revela una realidad más compleja: el Estado no es un ente neutral al servicio del pueblo, sino una entidad con sus propios intereses, una ambición de crecimiento que, a menudo, se nutre a expensas de aquellos a quienes supuestamente sirve.
Una de las estrategias más efectivas del Estado para expandir su poder es la confusión deliberada con la Nación. Al presentarse como la encarnación misma de la identidad nacional, el Estado se legitima y justifica cualquier acción en nombre del 'interés nacional'. Pensemos en un ejemplo simple: un gobierno decide aumentar los impuestos para financiar un proyecto faraónico, argumentando que 'es necesario para el progreso de la Nación'. ¿Quién se atrevería a oponerse al 'progreso nacional'? De esta manera, el Estado se apropia del sentimiento patriótico para justificar medidas que benefician principalmente a la burocracia estatal y a sus aliados.
El Estado, como entidad, necesita recursos para crecer. Lo hace a través de impuestos, regulaciones y deuda pública. Imaginemos una pequeña tienda de barrio que debe cumplir con una cantidad cada vez mayor de regulaciones impuestas por el gobierno. Estas regulaciones, aunque a menudo bien intencionadas, implican costos adicionales para la tienda: papeleo, licencias, inspecciones. En última instancia, estos costos se traducen en precios más altos para los consumidores o en una menor rentabilidad para el dueño de la tienda. El Estado, mientras tanto, recauda impuestos y justifica su expansión con la necesidad de hacer cumplir estas mismas regulaciones.
Pero el Estado no solo necesita recursos económicos, también necesita control. Por eso, inventa leyes con nombres rimbombantes, como la eliminación del secreto bancario 'para perseguir criminales'. La verdad, como dice el dicho, es que 'el que nada hace, nada teme', pero en este caso, el Estado no confía en eso. Necesita saber dónde está cada peso, quién lo tiene y qué está haciendo con él. No vaya a ser cosa que alguien se escape del sistema y deje de pagar impuestos. Lo mismo ocurre con el control de armas. 'Para proteger a la ciudadanía', dicen. Pero, ¿no será que el Estado prefiere que los ciudadanos estén desarmados para que no se les ocurra desafiar su autoridad?
Es importante destacar que esta ambición de crecimiento no está ligada a una ideología política específica. Si bien es cierto que, históricamente, los proyectos de expansión estatal han sido más frecuentes bajo gobiernos de izquierda, esto no significa que la derecha sea inmune a la tentación del poder. En realidad, el Estado tiende a gravitar hacia la izquierda porque esta ideología, con su énfasis en la planificación centralizada y la redistribución de la riqueza, ofrece una justificación más natural para la intervención estatal en la economía y la vida social. El Estado encuentra en la izquierda una afinidad ideológica que facilita su expansión, pero su ambición trasciende las etiquetas políticas.
El Estado, como cualquier entidad en busca de poder, no tiene moral. Su único objetivo es crecer y perpetuarse, incluso si eso significa sacrificar la libertad individual y la prosperidad económica de sus ciudadanos.
Y hablando de control... ¿Cacharon el chiste del Estado que le dijo al ciudadano? 'Oye, dame tu RUT, que te quiero proteger'... Más encima con cariño, el fresco!
Es fundamental, por lo tanto, mantener una actitud crítica y vigilante frente a cualquier intento de expansión estatal, recordando siempre que el Estado debe ser un servidor del pueblo, no un amo. Solo así podremos evitar que el Leviatán estatal nos devore en nombre de la 'Nación' y el 'bien común'.
